El muro invisible no tenía color ni sombra, pero estaba allí, separando el mundo en dos mitades que jamás debían tocarse.En un día cualquiera, bajo el cielo dividido entre la calidez dorada y la brisa helada, una niña de cabello brillante como el fuego caminaba descalza por los campos soleados de Varmnter Solmara. Su nombre era Mirai, y a sus cinco años, no conocía el miedo ni la tristeza. La curiosidad la guiaba más que cualquier otra cosa, y ese día, la llevó hasta la frontera prohibida.Allí, en el borde donde el calor y el frío nunca se mezclaban, encontró a un niño llorando.Estaba sentado en el suelo helado de Vintersol Frigard, con los brazos rodeando sus piernas y la cara oculta entre ellas. Su cabello era pálido como la nieve, y sus ropas gruesas estaban manchadas con copos de escarcha. Mirai nunca había visto a alguien como él. Su gente nunca se acercaba a la barrera, porque sabían lo que pasaría si la cruzaban.Pero a ella no le importaban las reglas.Se arrodilló frente a la barrera invisible y ladeó la cabeza.

—¿Por qué lloras?

El niño levantó el rostro, y sus ojos, rojos como el fuego, la miraron con asombro. Nunca había visto a alguien como ella, con piel cálida y mejillas encendidas por el sol.

—Tengo frío… —susurró él, limpiándose las lágrimas con la manga.

Mirai frunció el ceño. —¡Pero si vives en el hielo! ¿Cómo puedes tener frío?

El niño miró a su alrededor, inseguro.—Estoy solo…

Mirai guardó silencio. Su madre siempre le decía que la soledad era lo peor que alguien podía sentir, incluso peor que el dolor. Apretó los labios y extendió la mano, deteniéndose justo antes de tocar la barrera mágica.

—Yo te haré compañía.

El niño parpadeó, sorprendido.

—¿De verdad?

Ella asintió con una sonrisa.

—Pero tienes que dejar de llorar. El frío no se ve tan malo si tienes a alguien contigo.

Por primera vez en toda la mañana, el niño sonrió un poco.

—Me llamo Keneth… Keneth Wallace ¿Y tú?

—¡Un gusto Keneth! Yo soy Mirai Touka.

El viento de Solmara sopló cálido a su espalda, y la brisa de Frigard acarició la mejilla de Keneth. Sin saberlo, habían dado el primer paso hacia un destino imposible.


De ser posible, Keneth visitaría la barrera solamente para ver a la niña pelirroja con mucha energía y evitar la soledad del palacio Eiskrone, su hogar. Sin embargo, pasó mucho tiempo en aquella barrera solo para que Mirai nunca más apareciera, poco a poco se auto convenció de que ella jamás regresaría a verlo, solamente se vieron veinte veces pero Keneth lo sintió como si todo aquello hubiese pasado el mismo día y así pasaron los años. Un día en su aburrida y tranquila vida, escuchó un alboroto en la salida del palacio, era un abucheo de su gente, cuando salió al gran pasillo, se encontró con su madre, Adelaide Wallace. Con un tono cálido, ella tomó las mejillas de Keneth y depositó un beso en su frente. — No hay nada de qué preocuparse, me encargaré de esto. Vuelve adentro, ¿Sí? — Sin dejarlo decir una sola palabra, Adelaide se encaminó al frío exterior. La gente de Vintersol continuaba con sus abucheos. Keneth, sin otra alternativa, recurrió a vigilar la situación desde la alcoba de sus padres, lugar donde podía ver todo el pueblo. Ahí se encontraba un sujeto extraño, de cabellos azules y ropas extrañas provenientes de sabrá dios dónde. Esto le llamó la atención a Keneth, quien se preguntó si aquel sujeto era de Varmnter y existía la posibilidad de que él pudiera pasar por la barrera para ir en busca de la pelirroja. Con pasos rápidos salió del palacio, abriéndose paso entre la multitud para llegar al muchacho en la fría nieve, rodeado de dos criaturas totalmente extrañas.


Antes de que la gente los rodeara por completo el portal se cerró con un chasquido detrás de ellos, dejando solo un silencio helado y un paisaje cubierto de nieve.Vert, medio enterrado en la nieve, se sacudió con furia, sus tentáculos temblando de puro enojo.