Una mañana en Vintersol Frigard El frío de la madrugada todavía se aferraba a las piedras del castillo cuando Keneth despertó, envuelto en varias capas de mantas. No recordaba haberlas puesto todas encima. Al girarse, lo vio. Shimizu Shin estaba sentado en el alféizar de la ventana, con una pierna colgando hacia afuera y la otra flexionada, su brazo descansando sobre ella. El viento helado agitaba su cabello oscuro y le daba un aire despreocupado, como si no estuviera en el castillo de una reina que hasta hace poco lo tenía prisionero. —Despiertas tarde, pequeño Keny. Keneth frunció el ceño. —No me llames así. —Ya te dije que no tienes elección. Keneth suspiró y se frotó los ojos antes de sentarse en la cama. Todavía sentía el cansancio de la noche anterior, cuando se enteró de que su madre, Adelaide, había hecho un trato con ese extraño viajero de otro mundo. —¿Así que ahora eres mi niñera? —pregunta Keneth con los brazos cruzados, mirándolo con el ceño fruncido. —Niñera, guardaespaldas, mejor amigo… tengo muchos títulos, pequeño Keny. —Shin giró la cabeza con una sonrisa burlona—. No cobro barato, pero tu madre me está pagando con libertad, así que lo tomé. Keneth lo miró con desconfianza, cruzándose de brazos. —No necesito que me cuides. —Claro que no. —Shin saltó del alféizar con facilidad y se acercó hasta quedar frente a él—. Pero eso no significa que no lo haré. El joven príncipe apretó los labios. Por alguna razón, en vez de sentirse molesto, sintió algo parecido a una calidez familiar pero tan lejana al mismo tiempo. A diferencia de los otros sirvientes del castillo, Shin no lo trata con reverencia ni lo ve como el futuro rey de Vintersol Frigard. En cambio, lo molesta, se burla de él y, al mismo tiempo, lo escucha. Es alguien con quien puede hablar sin sentir el peso de la corona sobre sus hombros. Keneth bajó la mirada, pensativo, y luego la alzó con determinación. —Si realmente vas a quedarte, entonces ayúdame con algo. Shin ladeó la cabeza, intrigado. —Quiero descubrir cómo cruzar la barrera sin morir. El viajero sonrió. —Me gusta cómo piensas, pequeño Keny. —No me llames así, no soy un niño. —Vaya, ¿prefieres que te llame príncipe Keneth Wallace de Vintersol Frigard? ¿Es eso? Keneth resopló, negando. —me gusta… el primero... P-Por otro lado, ¿Cómo cruzaste la barrera? —No fue la gran cosa. Caminé. —Shin extendió las manos con aire despreocupado, sabía que le estaba mintiendo a Keneth, pero no quería romperle la ilusión—. Ni siquiera sentí un cosquilleo. Keneth sintió un escalofrío de frustración. —Eso no me ayuda en nada. —Bueno, por suerte para ti, no tengo mejores cosas que hacer, así que podemos investigarlo. Shin se dejó caer en una de las sillas de la habitación y miró hacia el techo. —Para empezar, cuéntame todo lo que sabes de la barrera. Seguro que la historia oficial tiene detalles útiles. Keneth se cruzó de brazos, pensativo. —Es una maldición. Se creó por un pacto entre dos personas de cada lado. Romperla significaría desobedecer el castigo impuesto sobre nosotros. Shin chasqueó la lengua. —Qué estúpido tratado. Keneth rodó los ojos. —No sé si la barrera puede romperse, pero sí sé que hay algo extraño en ella. Si te deja pasar a ti, entonces no es perfecta. Shin lo miró con una sonrisa astuta. —Así que lo que quieres es encontrar la grieta. Keneth asintió. —Exacto. Shin se reclinó en la silla y entrecerró los ojos, pensativo. —Entonces, pequeño Keny, prepárate. Tenemos trabajo que hacer. Keneth no pudo evitar sonreír ligeramente. —Vamos a descubrirlo. Frente a la barrera el viento helado soplaba con fuerza entre los árboles sin hojas. La barrera se alzaba ante Keneth, una línea llena de magia **que separaba su mundo del de Mirai. Aunque no podía pasarla, la sentía en la piel, una sensación de hormigueo eléctrico que se intensificaba cuanto más se acercaba. Con una exhalación densa de vapor en el aire frío, extendió la mano lentamente, sin cruzar el límite. Solo quería probar si algo había cambiado, si podía sentir una abertura, un punto débil. —Esto es frustrante… —Quizá si la insultas te deje pasar. Keneth suspiró. —Shimizu… El viajero estaba detrás de él, jugueteando con una rama seca que había encontrado en el suelo. La giraba entre los dedos, la arrojaba al aire y la atrapaba sin siquiera mirar. —Digo, tal vez la barrera es sensible. Intenta llamarla "muro inútil" o "castigo absurdo de dos idiotas". Keneth cerró los ojos por un momento, intentando no perder la paciencia. —Shimizu, si no vas a tomar esto en serio, mejor… Se detuvo. Su voz se cortó porque, al girarse, vio algo que hizo que su corazón se detuviera por un segundo. Shin estaba del otro lado. La rama con la que jugaba ahora la movía con desinterés sobre la arena de Varmnter Solmara, dibujando figuras sin sentido, como un niño pequeño. —¿Qué…? —Keneth parpadeó, atónito.
— ¡NO ME JUZGUES! siempre quise ir a la playa y a mis 19 años no he podido tocar la arena.
—¡No me refiero a eso! ¡¿Cómo cruzaste?! Shin levantó la vista **de la arena **y parpadeó con fingida inocencia. —Oh, no sé. Caminé. Keneth sintió cómo la frustración lo golpeaba como una ola helada. —¡No es gracioso! —Bueno, para mí sí lo es. —Shin le sonrió con descaro, moviendo la rama como si fuera una batuta—. Relájate, pequeño Keny, sigo aquí… en cierto sentido. Keneth apretó los puños. La barrera no reaccionaba a Shin en absoluto, como si él fuera una anomalía, un error en su lógica. —No tiene sentido… —Tal vez simplemente no soy de aquí. —Shin ladeó la cabeza—. La barrera fue creada para separar a las personas de estos dos reinos, ¿cierto? ¿Y qué pasa si yo no pertenezco a ninguno? Keneth sintió un escalofrío. —Entonces… eso significa que tú eres la clave, pero entonces… ¡ME MENTISTE CON VENIR DE VARMNTER SOLMARA! Shin lo miró por un momento y luego chasqueó la lengua. —B-Bueno, sí pero eso no importa ahora. Quizás crucé por suerte Keneth lo fulminó con la mirada. —Vamos a averiguarlo. Shin sonrió ampliamente, parándose **delante de Keneth para verlo intentar cruzar aquella barrera. —Estoy listo cuando quieras, pequeño Keny. Keneth suspiró. Tenía mucho trabajo por delante. Respiró hondo y extendió la mano hacia la barrera otra vez, acercándola al punto exacto donde Shin la había cruzado sin esfuerzo. Su piel comenzó a arder, como si estuviera acercando los dedos a una llama invisible. Shin, al otro lado, lo miraba con curiosidad, sin dejar de balancearse sobre sus talones. —Tal vez si pruebas con la otra mano… —Cállate. —Keneth apretó la mandíbula. Sus dedos temblaban. Si empujaba un poco más, la barrera lo rechazaría con una fuerza brutal. Lo sabía porque lo había intentado muchas veces antes. —Parece que no quiere dejarte pasar. —Shin golpeó la barrera con los nudillos—. ¿Y si intentas saltarla? Keneth le lanzó una mirada de puro fastidio. —¿Cómo voy a saltar algo que seguro se extiende hasta el cielo? Shin se encogió de hombros. —No sé, usa la imaginación. Keneth resopló y se apartó un paso, frotándose la mano con frustración. —Esto no va a funcionar. Shin lo observó por un momento y luego caminó hacia él… sin ningún esfuerzo. Keneth se tensó. —Espera… ¡No sabemos si te dejará cruzar de nuevo! Pero Shin ya estaba de vuelta en su lado de la barrera. Keneth sintió un nudo en la garganta. —No puede ser… Shin lo miró con una ceja en alto. —¿Qué? ¿Me extrañaste? —No. —Keneth frunció el ceño, intentando procesarlo—. No es eso… Es que… eso significa que tú… El viajero inclinó la cabeza, esperando que terminara la frase pero decidió pasar una y otra vez por la barrera bajo la mirada asustada de Keneth. —Puedes cruzar cuando quieras. Shin sonrió con calma. —Sí, lo noté. —¡Eso significa que tú eres la única persona que puede moverse libremente entre ambos reinos! Shin giró los ojos. —Sí, pequeño Keny, ya entendí. Felicidades, descubriste mi súperpoder. Keneth se pasó una mano por el cabello, su mente trabajando a toda velocidad. —Si hay una forma de romper la barrera, debe estar relacionada contigo. —Vaya, no pensé que terminaría siendo el protagonista de esta historia. —Shin sonrió de lado—. ¿Debería sentirme especial? Keneth ignoró su tono burlón. —Si podemos descubrir qué es lo que te hace diferente, entonces podríamos encontrar la forma de hacer que alguien más cruce… —Como tu amiguita del otro lado. Keneth apretó los labios. —Mirai. Shin lo miró con una expresión que por un momento pareció seria. —¿Tan importante es para ti? Keneth lo fulminó con la mirada. — Uhm… S-Sí, supongo… Shin sostuvo su mirada por un momento y luego suspiró, volviendo a su expresión usual. —Bueno, pequeño Keny, parece que tenemos una misión. Keneth asintió. —Sí. Y no voy a rendirme hasta encontrar la forma. Shin sonrió, divertido. —Perfecto. Será entretenido verte intentarlo. Keneth no dijo nada, pero dentro de él, algo le decía que estaban más cerca de la verdad de lo que pensaban. La nieve crujía bajo sus zapatos mientras Keneth y Shin regresaban al castillo. Aunque el frío era intenso para la gente del otro lado, Keneth apenas lo sentía. Su mente estaba demasiado ocupada dándole vueltas a la misma pregunta: ¿Por qué Shimizu puede cruzar? Shin, por otro lado, caminaba con las manos en los bolsillos, silbando despreocupadamente. —¿Qué tal si soy un espíritu y en realidad no existo? Keneth lo miró con irritación. —¿Puedes tomártelo en serio? —Lo hago. —Shin se encogió de hombros—. Esa es una teoría válida, ¿no? —No. —Qué cerrado de mente. Keneth ignoró su comentario y frunció el ceño, repasando los hechos. —Sabemos que la barrera impide que los habitantes de Vintersol Frigard y Varmnter Solmara se mezclen. Pero tú… —No soy de ninguno. Keneth asintió. —Exacto. Eres un… “viajero de otro mundo”. —Un visitante de lujo. —Un intruso. Shin sonrió. —Pequeño Keny, me halagas. Keneth suspiró y continuó. —Si la barrera fue creada específicamente para castigar a las personas de ambos reinos, entonces alguien como tú podría ser una excepción. —Tiene sentido. —Shin asintió—. Pero eso no ayuda a que tú cruces. Keneth se detuvo en seco. —No… pero tal vez podamos engañar a la barrera. Shin lo miró con interés. —Sigue hablando. Keneth comenzó a caminar de nuevo, con la mirada fija en el suelo, procesando la idea en voz alta. —Si la barrera te ignora porque no te considera parte de ninguno de los dos reinos, entonces… Shin levantó una ceja. —Quieres dejar de ser parte de este reino. Keneth asintió. —O al menos hacer que la barrera lo crea. Shin soltó una carcajada. —¿Y cómo planeas eso? ¿Renunciar a tu ciudadanía? ¿Darte de baja en el sistema? Keneth le lanzó una mirada seria. —Si hay una forma de anular el pacto, aunque sea temporalmente, tengo que encontrarla. Shin chasqueó la lengua. —Complicado, pero no imposible. —Luego sonrió de lado—. Me gusta. —No me importa si te gusta o no. Lo voy a hacer. —Oh, pero lo harás conmigo. Keneth lo miró con sospecha. —¿Por qué te interesa tanto? Shin sonrió, pero esta vez su expresión tenía un brillo diferente. —Digamos que tengo experiencia escapando de cosas que intentan atarme a un destino que no quiero. Keneth no insistió. En el fondo, algo le decía que, aunque Shimizu hacía parecer que todo era un juego, había mucho más en su historia de lo que estaba dispuesto a contar. Pero por ahora, lo más importante para él era la barrera. Y encontrar una forma de cruzarla para buscar a Mirai.