Las puertas del castillo se cerraron con un leve crujido cuando Shin y Keneth entraron, sacudiéndose la nieve de sus atuendos. A pesar de la “calidez” del interior, el aliento de Keneth todavía salía en pequeños suspiros de vapor. —Ya estamos de vuelta —dijo con tono despreocupado, mientras se quitaba la escarcha del cabello. Un sonido molesto e impaciente los recibió de inmediato. —¡¿Dónde demonios estaban, idiotas?! Keneth sonrió. —Hola, Vert. El pequeño pulpo de piel rojiza estaba en la mesa, moviendo sus tentáculos con evidente irritación. Su expresión, si es que podía llamarse así, era puro enojo. —¡Llevan horas fuera y yo aquí atrapado con eso! Vert señaló con uno de sus tentáculos a Saeu, quien descansaba en el hombro de Shin como siempre después de arrastrarse hasta él y subir sin problemas, balanceándose lentamente con cada movimiento. La criatura viscosa no reaccionó en lo más mínimo, solo tembló un poco antes de volver a acomodarse. —No te quejes, Vert. —Shin le dio un leve golpecito en la cabeza con un dedo—. Saeu nunca se ha quejado de ti —¡¿Será porque no puede hablar, cabello de chicle?! Keneth rió entre dientes. —Aww, extrañaste a Shin, ¿verdad? —¡Cállate, niño humano! Keneth ignoró su protesta y lo tomó con ambas manos, levantándolo como si fuera un peluche. —No seas tan gruñón. Te harás arrugas. —¡BAJAME, MALDITO PRÍNCIPE! Shin se cruzó de brazos, sonriendo divertido. —Pequeño Keny, ten cuidado. Si lo abrazas demasiado, se desmayará de la emoción. —¡NO ES CIERTO! Keneth lo dejó de nuevo sobre la mesa con una palmadita en la cabeza antes de sentarse. —Bueno, ustedes dos, tenemos algo importante que contarles. Vert resopló, acomodando sus tentáculos con indignación. —Si es otra de sus tonterías, me largo. Keneth ignoró el comentario y miró a Shin. —Díselo tú. Shin suspiró dramáticamente y se dejó caer en una silla. —En resumen: descubrimos que puedo cruzar la barrera como si no existiera. Vert parpadeó. —… ¿Y? Keneth entrecerró los ojos. —¡Y eso significa que podríamos encontrar una forma de engañar a la barrera para que yo también cruce! —Oh, genial, más estupideces peligrosas —dijo Vert con sarcasmo—. ¿Y cómo piensan hacer eso sin que termines hecho polvo? —Para eso estamos investigando. —Keneth apoyó los codos sobre la mesa, pensativo—. Si Shimizu puede cruzar porque no es de este mundo, quizás haya una forma de que yo tampoco lo sea… al menos para la barrera. Vert lo miró fijamente por un momento y luego giró hacia Shin. —¿Y tú qué ganas con esto? Shin sonrió con calma. —Diversión. Vert se quedó en silencio por un momento, analizando las acciones y comportamientos de Shin. Sabía exactamente por qué lo hacía pero luego suspiró con fastidio. —Tch. No puedo creer que voy a presenciar otra de sus locuras. Mientras tanto, Saeu se deslizó un poco en el hombro de Shin, dejando escapar un pequeño sonido burbujeante. Keneth lo observó con curiosidad y le dio un par de toquecitos con el dedo. —Saeu no parece preocupado. —Saeu nunca parece nada —murmuró Shin. Keneth sonrió. —Entonces eso significa que aprueba nuestro plan. Vert gruñó. —No puedo creer que dependen de una baba sin emociones para tomar decisiones. Keneth le dio otra palmadita en la cabeza. —Bienvenido a la familia. Vert solo soltó un gruñido de pura resignación en la mesa con sus tentáculos cruzados (o lo más cercano a cruzados que podía estar), mirándolos con evidente desconfianza. —Entonces, genios, ¿qué planean hacer exactamente? Porque hasta ahora solo han dicho un montón de cosas vagas. Keneth apoyó los codos en la mesa y miró a Shin. —Si la barrera ignora a Shimizu porque no lo considera parte de este mundo, necesitamos encontrar un modo de replicar eso en mí. —O sea, hacer que dejes de ser "Keneth Wallace, príncipe de Vintersol Frigard". —Shin hizo comillas en el aire. Keneth asintió. —Exacto pero deja de llamarme así, es incómodo... Vert soltó un bufido. —Bien, supongamos que eso es posible… ¿Cómo demonios piensan hacerlo? —Ahí es donde necesitamos investigar. —Shin apoyó la cabeza en una mano, mirándolo con una sonrisa de medio lado—. Pero tengo algunas ideas. Vert suspiró. —Por supuesto que las tienes. A ver, sorpréndeme. Shin levantó un dedo. —¡Primera opción! hacer que Keneth viaje entre dimensiones como yo. Keneth frunció el ceño. —Eso suena… peligroso. —Lo es. —Shin sonrió—. Y no tengo idea de cómo hacerlo. Vert gruñó. —¡Entonces deja de decir estupideces! —Pero es una opción. —Shin se encogió de hombros—. ¡Segunda opción! hay algo en mí que me hace diferente. Algo que me permite cruzar. Tal vez si lo descubro, podríamos replicarlo en ti. Keneth asintió lentamente. —Eso suena más razonable. —Excepto que no sabemos qué es. —Vert volvió a resoplar—. ¿Y la tercera opción? ¿Tirarnos de cabeza contra la barrera y ver qué pasa? Shin sonrió. —Casi. La tercera opción es manipular la magia de la barrera. Keneth sintió un escalofrío. —Eso suena todavía más peligroso que la primera opción. —Lo es. —Shin le guiñó un ojo—. Pero si la barrera fue creada con magia, entonces puede alterarse. La pregunta es… ¿cómo? Se hizo un breve silencio. Saeu se movió un poco en el hombro de Shin, dejando escapar un sonido viscoso. —Oh, ¿tú qué piensas, pegote? —Shin le dio un golpecito ligero con el dedo. Saeu solo vibró un poco y luego se acomodó de nuevo. —Aportación increíble. —Shin asintió con falsa solemnidad—. Anotado. Keneth suspiró. —Mañana empezaremos a investigar. Vert lo miró con escepticismo. —Tienes mucha confianza en que esto saldrá bien. Keneth lo miró fijamente. —Tengo que intentarlo. Vert chasqueó los tentáculos, fastidiado. —Tch. Más vale que no mueras en el intento, niño. Shin sonrió. —No te preocupes, el pequeño Keny tiene a su niñera personal. Keneth lo fulminó con la mirada. —No soy un niño. —Claro, claro. —Shin bostezó y se estiró—. En fin, hora de dormir. Mañana empezamos nuestra aventura ilegal. Keneth suspiró y se levantó también. —Sí. Esto apenas comienza. Vert los observó en silencio mientras se alejaban. Algo en la determinación de Keneth le resultaba molesto… pero al mismo tiempo, no podía evitar sentir curiosidad. Solo esperaba que no terminaran haciendo explotar medio castillo en el proceso.
A la mañana siguiente, el castillo despertó con la misma rutina de siempre: el frío filtrándose por los pasillos de piedra, los sirvientes encendiendo chimeneas y las luces de los ventanales proyectando un brillo pálido sobre la nieve. Para Keneth, sin embargo, todo se sentía diferente. Se levantó de la cama con una extraña ansiedad en el pecho. Hoy empezarían con la investigación en serio. No tenía idea de cuánto tardarían en encontrar algo útil, pero no pensaba rendirse. Cuando bajó al comedor, Shin ya estaba allí, jugando con un cuchillo como si fuera un juguete. Vert estaba sobre la mesa, viéndolo con cara de fastidio, mientras Saeu permanecía en su lugar habitual en el hombro de Shin, balanceándose con cada uno de sus movimientos. —Buenos días, pequeño Keny —saludó Shin sin dejar de girar el cuchillo entre los dedos. Keneth resopló y se sentó frente a él. —¿No puedes hacer algo más productivo con tus manos? —Podría… pero no quiero. Vert golpeó la mesa con un tentáculo. —¿Pueden dejar de hablar estupideces y empezar ya con la investigación? Keneth sonrió. —Vert… ¿Tanto te interesa ahora? —No. —Vert apartó la mirada—. Pero prefiero que terminen esto antes de que destruyan el castillo por accidente. Shin dejó caer el cuchillo y lo atrapó justo antes de que tocara la mesa. —Oh, eso suena como un reto. —No lo es. —Keneth suspiró y miró a Shin—. Bien, dijiste que la segunda opción era descubrir qué te hace diferente. Deberíamos empezar por ahí. Shin se señaló a sí mismo con dramatismo. —O sea, ¿vamos a analizar mi existencia? Qué profundo. —¿Tienes algo en contra? Shin al inicio pareció pensar aquellas palabras, sin embargo no dejó de sonreír. —No, de hecho, suena divertido. Keneth sacó un cuaderno y una pluma. —Bien. Primera pregunta: ¿cuándo empezaste a cruzar entre dimensiones? Shin apoyó la barbilla en una mano, pensativo. —Mmm… buena pregunta. Fue hace mucho. Bueno, en términos de mi percepción del tiempo, mi edad mental se podría decir que data a más de 300 años, pero en mi mundo soy un adulto joven de 19 años. Keneth entrecerró los ojos. —Eso no responde nada. —Cállate, estoy pensando. —Shin golpeó la mesa con un dedo—. Fue después de que toqué esa cosa. Keneth levantó una ceja. —¿Qué cosa? Shin extendió su mano derecha y la observó con curiosidad, melancolía y tal vez tristeza. —Un animal raro. Lo usaban para experimentos en mi universo. Keneth observó su mano con atención. —¿Ese es el motivo por el que tu piel se ve así? Shin giró la mano, mostrando la parte afectada. Tenía un tono morado extraño, como si estuviera en proceso de pudrirse, pero al mismo tiempo, parecía completamente funcional. —Sí... —Shin sonrió con tranquilidad—. Desde que pasó eso, empecé a viajar. Keneth anotó algo en su cuaderno. —Entonces, lo que sea que afectó tu cuerpo es lo que te permite cruzar dimensiones. —Esa es la teoría. —¿Y nunca intentaste deshacerlo? Shin soltó una carcajada. —¿Y perder mi libertad? Ni loco. Keneth suspiró. —Bien. Entonces, si queremos que yo cruce la barrera, necesitamos entender qué te hace especial. Vert lo miró con incredulidad. —¿Van a diseccionarlo o qué? —No es mala idea. —Shin sonrió. Keneth negó con la cabeza. —No. Pero podríamos analizar tu energía. Shin ladeó la cabeza. —¿Mi energía? Keneth asintió. —Si la barrera funciona con magia, entonces tal vez reacciona a las energías de las personas. Y como tú no perteneces a este mundo, la tuya es diferente. Shin chasqueó la lengua. —Ohhh, interesante. —Tengo acceso a algunos libros de magia. Podríamos buscar algo relacionado con detección de energía. Shin sonrió de lado. —Perfecto. Me encanta sentirme como un experimento. —Ya lo fuiste antes, así que no debería ser nada nuevo. —Ouch. Keneth cerró el cuaderno con determinación. —Hoy vamos a la biblioteca. Vert suspiró con resignación. —Genial. Me quedo aquí. Keneth lo levantó con ambas manos. —No, tú vienes con nosotros. —¡Oye, bájame, humano! Shin rió mientras se levantaba. —Vamos, Vert. Tal vez descubrimos que en realidad eres tú el que puede cruzar la barrera. —¡Cállate, Shin! Mientras tanto, Saeu se deslizó un poco en el hombro de Shin, emitiendo un sonido viscoso. —Saeu también está de acuerdo. —Shin le dio un golpecito—. Así que vamos. Keneth tomó su cuaderno y encabezó el camino. Hoy sería el primer paso para descubrir la verdad.
La biblioteca del castillo era un enorme salón de paredes de piedra y altos estantes llenos de libros antiguos. La luz entraba a través de los ventanales, iluminando el polvo en el aire. Keneth siempre había considerado este lugar como un refugio, pero hoy se sentía diferente. Hoy estaban buscando respuestas. Shin entró con las manos en los bolsillos, mirando a su alrededor con una sonrisa burlona. —Nunca entenderé cómo pueden almacenar tanta información en estos bloques de papel en lugar de usar algo más eficiente. Keneth sin mirarlo, estaba dirigiéndose a una de las estanterías aún con el pulpo en las manos. —¿Y cómo planean encontrar algo útil en este montón de libros polvorientos? —Buscando —contestó Keneth, dejando a Vert sobre una mesa y hojeando un tomo grueso. Shin se apoyó en un estante. —¿Exactamente qué estamos buscando? Keneth se giró hacia él. —Cualquier cosa sobre detección de energía, magia dimensional o alteración de barreras. Shin asintió. —Fácil. Keneth rodó los ojos y se concentró en los libros. Pasaron varios minutos en silencio, hasta que Shin, por primera vez, tomó un libro y se sentó con las piernas sobre la mesa, hojeándolo con curiosidad. Vert, por su parte, observaba a Shin con recelo. —Oye, cabeza de chicle. Shin levantó la vista con una ceja alzada. —¿Qué quieres, pulpito? —¿Estás seguro de que quieres ayudar al niño con esto? Shin cerró el libro y sonrió. —¿Por qué no querría? Es divertido. Vert lo miró fijamente. —No te creo. Shin apoyó la barbilla en su mano. —Oh, qué miedo. ¿Descubriste mis verdaderas intenciones? —Tch. —Vert chasqueó los tentáculos—. Solo digo que no eres del tipo que se involucra en problemas ajenos sin razón. Keneth, que los escuchaba mientras revisaba otro libro, miró a Shin con curiosidad. —¿Por qué me ayudas, Shimizu? Shin sonrió con calma. —Porque quiero ver hasta dónde puedes llegar. Keneth entrecerró los ojos. —Eso suena como si estuvieras viendo un experimento en lugar de ayudarme de verdad. Shin no respondió de inmediato. En su lugar, tomó otro libro y lo hojeó con aparente indiferencia. —Digamos que tengo interés en cómo terminan las historias imposibles. Keneth frunció el ceño. —No es una historia. Es mi vida. Shin sonrió de medio lado. —Entonces asegúrate de que sea una buena. Keneth suspiró y volvió a los libros. —Si de verdad quieres ayudar, encuentra algo útil. —Sí, sí, jefe. Mientras tanto, Saeu se deslizó un poco sobre el hombro de Shin, burbujeando levemente. —No sé qué dijiste, pegote, pero supongo que tienes razón. Keneth los ignoró y siguió buscando. Sabía que en algún lugar de estos libros tenía que haber una respuesta. Y no se detendría hasta encontrarla. Pasaron horas en la biblioteca. Montones de libros quedaron apilados en la mesa mientras Keneth hojeaba cada uno con determinación. Shin, por su parte, alternaba entre leer y hacer comentarios sin sentido para fastidiar a Vert, quien ya estaba al borde de perder la paciencia. —¡Si no vas a leer en serio, al menos cállate! —gruñó el pulpo. —Pero es divertido ver cómo te irritas —respondió Shin, hojeando un libro con aire despreocupado. Keneth suspiró. —Si tienen energía para discutir, mejor ayúdenme a revisar estos. Shin sonrió, pero de repente frunció el ceño al detenerse en una página. —Oh… Esto suena interesante. Keneth levantó la vista. —¿Qué encontraste? Shin dejó el libro sobre la mesa y señaló un párrafo. —Aquí menciona un antiguo hechizo usado para detectar energías que posiblemente no pertenecen a este mundo. Keneth se inclinó para leer. "Las energías ajenas a un reino pueden ser identificadas a través de un ritual que compara la esencia del sujeto con la magia del mundo en el que reside. Si la esencia difiere de la magia natural, el sujeto es considerado un ente foráneo." Keneth abrió más los ojos. —Si esto funciona… podríamos confirmar si tu energía es lo que te permite cruzar la barrera. —Exacto. —Shin sonrió—. Y si encontramos una manera de replicarlo en ti… Vert chasqueó los tentáculos. —Eso suena peligroso. —Todo en la vida es peligroso, pulpito. —Shin se estiró con aire despreocupado—. La pregunta es, ¿cómo hacemos el ritual? Keneth revisó el libro y encontró la respuesta en la siguiente página. —Aquí dice que necesitamos una fuente de magia pura, algo que no haya sido contaminado por el uso humano… Shin apoyó el mentón en su mano, pensativo. —Mmm… suena complicado. ¿Tienen algo así aquí? Keneth frunció el ceño, pensando. —En el palacio no, pero… hay un lugar en el bosque donde crecen cristales de hielo imbuidos con la magia del mundo. Shin sonrió con diversión. —Entonces, ¿qué esperamos? ¡Vamos a robar un cristal mágico! —No lo llamaría robar… —Keneth suspiró—. Pero sí, parece que tendremos que ir hasta allí. Vert gruñó. —Por supuesto. Nada puede ser fácil con ustedes. Shin le dio un golpecito a Saeu, que seguía en su hombro. —¿Tú qué dices, pegote? ¿Aventurita en el bosque? Saeu solo vibró en su hombro, como siempre. —Tomo eso como un sí. Keneth cerró el libro con decisión. —Entonces nos iremos esta noche. Shin levantó una ceja. —¿Por qué de noche? —Porque si nos ven saliendo, harán preguntas. Y prefiero no dar explicaciones. Shin sonrió de medio lado. —El pequeño Keny siendo rebelde. Me gusta. —Solo ocúpate de no hacer ruido. Shin se llevó una mano al pecho en un falso gesto de indignación. —¡Siempre soy silencioso! —Eso es mentira. —Es cierto. —Vert asintió. Shin resopló. —¡AH! Malditos.. Keneth lo ignoró y recogió sus cosas. —Nos vemos en la entrada del castillo cuando caiga la noche. Shin se levantó con aire relajado. —Va a ser divertido. Vert suspiró. —O una completa estupidez. Keneth apretó el libro entre sus manos. No importaba si era peligroso. Si esto los acercaba a la verdad, valía la pena intentarlo.
La noche cayó sobre Vintersol Frigard, cubriendo el reino con un manto de estrellas y frío. Keneth, Shin, Vert y Saeu se deslizaron fuera del castillo sin ser vistos, caminando con cautela entre la nieve. El bosque era aún más silencioso de noche. Los árboles cubiertos de escarcha parecían estatuas congeladas, y la única luz provenía de los cristales de hielo incrustados en el suelo, brillando con un resplandor tenue. Keneth se acercó a uno de los cristales y lo tocó con cuidado. —Este es el tipo de magia pura que necesitamos. Shin se agachó junto a él, observando la estructura del cristal con curiosidad. —¿Y qué hacemos con él? ¿Lo chupamos? —No seas idiota. —Keneth rodó los ojos—. Debemos canalizar su energía y compararla con la tuya. Keneth sacó el libro y leyó las instrucciones en voz baja. —Debo sostener el cristal mientras tú tocas la barrera. Si la energía se alinea, entonces significa que podemos usar este poder para cruzar. Shin sonrió. —Suena fácil. Vamos a hacerlo. Vert resopló. —Algo va a salir mal. —Qué negativo, pulpito. —Shin se puso de pie con confianza—. Vámonos. Caminaron hasta la barrera, la imponente pared de energía que separaba Vintersol Frigard de Varmnter Solmara. Su superficie centelleaba con una luz opalescente, como si respirara. Keneth se posicionó frente a ella, sosteniendo el cristal con ambas manos. —Listo. Tócala. Shin se acercó, extendiendo la mano con tranquilidad. Cuando sus dedos rozaron la barrera, el cristal en las manos de Keneth comenzó a brillar con intensidad. Un zumbido llenó el aire. La nieve a su alrededor se levantó como si estuviera flotando, y por un breve momento, la barrera pareció reaccionar. Keneth sintió su corazón acelerarse y sus ojos brillaron, pero no por el resplandor de aquél cristal o el aura de la barrera. —¡Está funcionando! Shin presionó su palma contra la barrera. Vert observó con incredulidad. —¿De verdad… está funcionando? Keneth no podía creerlo. Durante años había soñado con este momento, con ver más allá de su mundo, con cruzar esa barrera y encontrar a Mirai… La barrera empezó a debilitarse. Shin sonrió. —Mira eso, pequeño Keny, parece que realmente… Y entonces, de golpe, el cristal se partió en dos. La luz desapareció. La barrera recuperó su solidez en un instante y expulsó a Shin con fuerza, lanzándolo varios metros hacia atrás. Keneth sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. —No… Corrió hacia Shin, quien estaba tirado en la nieve, tosiendo. —¡Shin! Shin se incorporó lentamente, con una mueca de dolor. —Bueno… eso fue anticlimático... ¿Me llamaste por mi nombre? Keneth apretó los dientes y miró el cristal roto en sus manos y después a Shin, que parecía tener heridas en su rostro. Keneth quiso soltar lágrimas, no sabía si por el experimento fallido o por ver que Shin quizás pudo haber muerto gracias a su egoísmo. —¿Por qué no funcionó? Vert se acercó, mirando los pedazos del cristal. —Tal vez la magia pura no es suficiente. Quizás la barrera es demasiado fuerte para ser alterada de esta forma. Keneth sintió una punzada de frustración. —Perdóname Shimizu, no quería que te hicieras daño… Shin se sacudió la nieve de la ropa y suspiró. Algo en su pecho se sintió pesado, como una apuñalada. —Al menos ahora sabemos que algo puede afectar la barrera. Tal vez necesitamos más cristales, o algo más fuerte. Keneth bajó la mirada, sintiendo una mezcla de decepción e inmensa tristeza, pero miró a Shin, totalmente despreocupado por sus heridas, sonriendo para él y entonces, Keneth pudo comprobar que Shin no hacía todo esto por diversión sino que lo hacía por él. —No voy a rendirme. Shin sonrió y revolvió el cabello de Keneth con una mano. —Sabía que dirías eso. Keneth suspiró, dejando que Shin hiciera su ridículo gesto de hermano mayor. Pero aunque siempre se queje de ello, en el fondo le agrada que Shin se comporte de esa manera con él e incluso, le gustaría que lo hiciera más seguido. Vert cruzó los tentáculos. —Entonces, ¿cuál es el siguiente paso? Keneth cerró los puños y miró la barrera. —Encontraremos otra forma. No importa cuánto nos tome. Shin sonrió de lado. —Eso, pequeño Keny. Vamos a romper las reglas del universo. Y con esa determinación, volvieron al castillo, sabiendo que este era solo el primer intento de muchos.