Desde el día en que Mirai dejó de aparecer en la barrera, su mundo se volvió más pequeño. Su madre le había dicho que ya no debía acercarse a ese lugar prohibido, que era peligroso, que no debía intentar cruzar la barrera por su seguridad. Mirai había gritado, había suplicado, había intentado escabullirse en la noche, pero siempre la encontraban. Y así comenzó su entrenamiento. Desde el amanecer hasta la medianoche, Mirai era arrastrada de una lección a otra. Sus días se llenaron de historia, diplomacia, tácticas, política, ceremonias y tradiciones antiguas que debía aprender de memoria. Sus noches eran agotadoras, pues incluso en la oscuridad, alguien la vigilaba. No había momentos para respirar, para jugar, para reírse con Keneth a través de la barrera. Al principio, cada vez que tenía un descanso, corría hasta la ventana más alta de la torre en la que dormía, esperando ver una silueta en la nieve, una figura solitaria esperando del otro lado. Pero nunca podía salir, nunca podía llamarlo. Y aún así, él seguía allí. Una noche, después de varias lunas sin verlo, Mirai se escabulló hasta una rendija en la muralla de su hogar. No podía acercarse, pero desde ahí, a lo lejos miró la barrera, donde siempre se veía con el pequeño, pero Keneth no estaba. Mirai mordió su labio con fuerza, sintiendo lágrimas ardientes en sus ojos. —Lo siento… —susurró, aunque sabía que él no podía oírla. No podía escapar. No podía desafiar a su familia. Pero tampoco podía olvidarlo. Así que, desde entonces, cada noche, antes de dormir, se prometía a sí misma una sola cosa: "Algún día volveré a verlo."
Los años pasaron, y Mirai nunca dejó de buscar respuestas. Aunque su entrenamiento la mantenía ocupada, siempre encontraba la manera de escuchar conversaciones, leer antiguos textos y aprender sobre la barrera en secreto. Pero cada día que pasaba sin Keneth se sentía como una herida abierta. Hasta que, un día, algo inesperado sucedió. Un viajero apareció en Varmnter Solmara. Un joven extraño, con el cabello revuelto y una sonrisa despreocupada, llegó al pueblo causando confusión entre los guardias. Nadie sabía de dónde venía ni cómo había entrado. Pero lo más extraño de todo fue su primera pregunta: —¡Hello! ¿Saben dónde está Mirai? Los soldados se tensaron de inmediato. Nadie ajeno al palacio debería conocer su nombre, mucho menos pronunciarlo con tanta naturalidad. —¿Quién eres tú? —gruñó uno de los guardias, empuñando su lanza. El extraño levantó las manos en son de paz. —Oh, vaya, qué rudos—dijo, ladeando la cabeza con un aire de diversión—. Me llamo Shimizu Shin, y vengo a ver a una amiga. Los soldados se miraron entre sí. —Eso es imposible. Nadie puede verla sin permiso. Shin suspiró, encogiéndose de hombros. —¿"Imposible"? Huh, eso es un fastidio… —Luego, con una sonrisa juguetona, añadió—: Pero me gusta hacer posible lo imposible, después de todo soy experto en eso. Antes de que los guardias pudieran reaccionar, Shin ya había desaparecido. Dentro del palacio, Mirai estaba sentada en una de sus lecciones de historia cuando sintió una extraña sensación en la nuca. Como si alguien la estuviera observando. Y entonces, una voz ajena rompió la tranquilidad de la sala. —¡Vaya, vaya! Así que aquí estabas. Mirai giró rápidamente, con los ojos muy abiertos. Un joven de cabello desordenado y mirada astuta estaba parado en el alféizar de la ventana, como si simplemente hubiera aparecido allí. —Tú debes de ser Mirai. Encantado de conocerte —dijo con una sonrisa ladina—. Digamos que vengo de parte de un amigo en común. El corazón de Mirai dio un vuelco. —¿Un amigo…? Shin inclinó la cabeza. —Un chico con cabello castaño, siempre con cara de cachorro abandonado en la nieve… ¿te suena? Mirai sintió que el mundo se detenía por un instante. Keneth. Se puso de pie de golpe, sin importarle la mirada atónita de su maestra. —¿Él está bien? ¿Lo has visto? Shin sonrió con satisfacción. —Oh, sí. Digamos que soy algo así como su mamá temporal. Mirai apretó los puños. "Keneth… todavía me espera." Shin observó su expresión con interés. —Parece que hay muchas cosas que necesitas saber. Y yo tengo bastante tiempo libre. ¿Qué dices, señorita heredera? ¿Quieres escuchar una historia sobre el otro lado de la barrera?
Mirai sintió que algo dentro de ella se encendía. Era como si, después de tanto tiempo en la oscuridad, alguien hubiera abierto una ventana y dejado entrar la luz. —Dime todo, por favor —exigió, con los ojos brillando de emoción y quizás por las lágrimas al ver su escapatoria. Shin chasqueó la lengua, divertido. —Vaya, qué interés. Me gusta el rumbo de esta situación. La maestra, aún en estado de shock, se puso de pie de inmediato. —¡Guardias! ¡Alguien ha entrado en el palacio! —Oh, genial, aquí vamos… —Shin suspiró y con pasos tranquilos, tomó a Mirai entre sus brazos, alzandola en forma nupcial y con pasos lentos se acercó a la ventana. —¿Cómo estás tan despreocupado? —Digamos que tengo mis trucos —respondió con una sonrisa, pero antes de que pudiera continuar, las puertas se abrieron de golpe y varios guardias irrumpieron en la sala con lanzas en mano. —¡Apártate de la princesa! Shin puso los ojos en blanco. —¿Princesa? ¿En serio? Ah, claro, heredera del sol y todo eso… Como el pequeño Keny —murmuró antes de girarse hacia Mirai con una sonrisa despreocupada—. Bueno, pequeña líder, ¿quieres quedarte aquí o prefieres un poco de aire fresco? Mirai dudó. Sabía que no debía, que huir con un extraño podía ser peligroso… pero él conocía a Keneth. Y más que eso, le estaba ofreciendo algo que nadie más le había dado en todos estos años: una oportunidad y libertad por un día. Así que, sin pensarlo más, se aferro al peliazul. —Llévame contigo. Shin sonrió de lado. —Buena elección. En un parpadeo, ambos desaparecieron. Los guardias se quedaron paralizados, con sus lanzas todavía en alto, mientras la maestra de Mirai soltaba un grito pidiendo más guardias para buscar a Mirai. Cuando abrió los ojos, el mundo a su alrededor había cambiado. Ya no estaba en la sala de lecciones rodeada de guardias y libros polvorientos. Ahora estaba en lo alto de un tejado, con el viento cálido de Varmnter Solmara despeinando su cabello. Desde allí, podía ver toda la ciudad iluminada por faroles y, a lo lejos, la barrera centelleando bajo la luz de la luna. —¡¿Qué… cómo hiciste eso?! —exclamó, mirando a Shin con los ojos bien abiertos. El joven, sentado despreocupadamente en el borde del tejado, sonrió divertido. —Te dije que tenía mis trucos, ¿no? Mirai lo miró con sospecha. —No eres de aquí. Shin sonrió bajándola sin cuidado, dejando que terminara golpeandose con el suelo. —¡Bingo! Ella cruzó los brazos con una expresión de enojo por la notable falta de caballerosidad. —Entonces, ¿de dónde vienes? ¿Por qué me buscaste? Shin la observó por un momento, como si estuviera decidiendo cuánto decirle. Finalmente, se encogió de hombros. —Digamos que soy un viajero. No pertenezco a ningún lugar en específico, pero me gusta meterme donde no me llaman. Y un día, mientras paseaba por el lado frío de la barrera, encontré a un niño con cara de cachorro abandonado. Me dijo que solía tener una amiga del otro lado, pero que ya no la veía. Mirai sintió que el pecho se le apretaba. —Keneth… —Ajá. Y bueno, como soy alguien muy caritativo y desinteresado—dijo Shin con evidente sarcasmo—, decidí venir a ver qué había pasado contigo. Aunque, por lo que vi, estás más vigilada que un tesoro real. Mirai apretó los labios. —No me dejan acercarme a la barrera. Dicen que es peligroso… que es mi destino ser la líder y que no debo perder el tiempo con cosas imposibles. Shin la miró con curiosidad. —¿Y qué piensas tú? Ella se quedó en silencio por un momento, mirando la barrera a lo lejos. Luego, con una determinación ardiente en los ojos, respondió: —Creo que las barreras están hechas para romperse. Shin sonrió, como si hubiera estado esperando esa respuesta. —Interesante. Muy interesante. Mirai lo miró fijamente. —Dijiste que eres un viajero. ¿Eso significa que puedes cruzar la barrera? Shin se pasó una mano por la nuca, pensativo. —Puedo hacerlo, sí. —¿Cómo? —Ah, ah, ah —levantó un dedo—. Primero dime, ¿qué planeas hacer con esa información? Mirai apretó los puños. —Si puedes cruzar… entonces puedes llevarme al otro lado. Shin la miró en silencio, su sonrisa juguetona desvaneciéndose un poco. —Sabes que no es tan fácil, ¿verdad? Si te descubren, no te castigarán con otra aburrida lección de historia. —Lo sé —respondió Mirai, con más firmeza de la que él esperaba de una niña de diez años—. Pero no me importa. Shin la estudió por un momento más y luego dejó escapar una risa baja. —Vaya, me gusta tu actitud, sandíllita. Se puso de pie y estiró los brazos, como si estuviera tomando una gran decisión. —Está bien, aceptaré ayudarte. Pero con una condición. Mirai lo miró con cautela. —¿Cuál? Shin sonrió, pero esta vez había algo más en su expresión. Algo más serio. —No importa lo que pase, no te arrepientas. Si decides seguir este camino, tendrás que luchar por ello. ¿Estás preparada? Mirai sintió que su corazón latía con fuerza. Pensó en Keneth, en todas las veces que había esperado en la barrera. Pensó en el futuro que le habían impuesto, en la jaula de responsabilidades que querían encerrarla. Y sin dudarlo, respondió: —Sí. Shin sonrió de lado. —Entonces, prepárate, porque esto va a ser divertido.
Mirai sintió un escalofrío de emoción recorrerle la espalda. Por primera vez en años, sentía que tenía una oportunidad real. —Bien, bien —dijo Shin, estirándose como si acabara de despertar de una siesta—. Pero no nos apresuremos. Antes de ir a hacer locuras, necesito saber qué tanto sabes sobre la barrera. Mirai frunció el ceño. —Sé que fue creada hace siglos, como un castigo. Y que nadie de Vintersol Frigard o Varmnter Solmara puede cruzarla sin morir. Shin asintió con la cabeza. —Eso es lo que todos dicen, sí. Pero dime, ¿sabes cómo se mantiene? Mirai parpadeó. —¿Cómo… se mantiene? —Ajá. Nada dura para siempre, Sandíllita. Ni siquiera una maldición como esta. Mirai se quedó pensando. Había leído sobre la barrera en textos antiguos, pero nunca había encontrado nada sobre su funcionamiento. Era como si el tema estuviera prohibido incluso en la historia. —No lo sé —admitió, con frustración. Shin chasqueó la lengua. —Eso significa que alguien está ocultando la información. Interesante. Mirai sintió un nudo en el estómago. —Si la barrera necesita mantenerse… ¿eso significa que alguien la alimenta? Shin la miró con una sonrisa orgullosa. —Vaya, eres lista. Me caes bien. Mirai no respondió. Su mente iba a toda velocidad. Si alguien mantenía la barrera activa, eso significaba que había una forma de detenerla. —Tengo que encontrarlo —murmuró. Shin levantó una ceja. —Vaya, ya planeando el gran golpe. Me gusta tu energía, pero no tienes ni idea de por dónde empezar, ¿verdad? Mirai apretó los labios. Tenía razón. Shin suspiró y puso las manos en la cintura. —Bien, escúchame, solcito. No podemos hacer nada sin información. Así que nuestra primera misión es simple: averiguar quién mantiene la barrera y cómo lo hace. Mirai asintió con firmeza. —¿Cómo empezamos? Shin sonrió. —¿Sabes dónde guardan los libros prohibidos en este lugar? Mirai se sorprendió. —¿Los libros prohibidos? —Ajá. No me digas que en este hermoso palacio no tienen una biblioteca secreta con cosas que “nadie debe leer”. Mirai abrió la boca para negarlo… pero se detuvo. Había una sección de la biblioteca real que siempre estaba cerrada. Un ala que solo los líderes y los ancianos podían visitar. —Quizás… sí sé dónde buscar. Shin le dio una palmada en la cabeza, como si felicitara a un cachorro. —¡Esa es mi chica! Entonces, preparémonos. Nos espera una noche de robo, sigilo y, con suerte, no seremos capturados y ejecutados. Mirai lo miró con incredulidad. —No ayudas. Shin se rió. —Relájate, lo imposible es mi especialidad. Mirai tomó una gran bocanada de aire. Iba a hacerlo. Iba a descubrir la verdad. Y, con suerte… encontrar la manera de volver a ver a Keneth.