Keneth estaba sentado en el borde de su cama, observando el suelo con la mirada perdida. La frustración y el cansancio pesaban sobre sus hombros. Una y otra vez, habían intentado romper la barrera. Una y otra vez, habían fracasado. Shin, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, lo miraba en silencio. No hizo ningún comentario sarcástico ni bromeó como de costumbre. Sabía que este era un momento serio. Finalmente, Keneth tomó aire y levantó la vista. —Shimizu… —Mmm. —Quiero que vayas por Mirai. Shin parpadeó, sorprendido por la petición directa. —¿Que yo qué? —Quiero que la busques. —Keneth apretó los puños—. No sé cuánto más tardaremos en encontrar la forma de cruzar, pero si la encuentras y le dices que sigo aquí… que no me he rendido… Shin lo observó por un momento, luego sonrió con suavidad. —Eso suena a despedida, pequeño Keny. —No es una despedida. Es solo… lo mejor que podemos hacer ahora. —Keneth bajó la mirada—. Si no puedo cruzar, al menos quiero que ella sepa que sigo intentándolo. Shin suspiró, pasándose una mano por el cabello. —Está bien, lo haré. Pero te advierto que no voy a volver pronto. Encontrar a alguien en un mundo donde ni siquiera sé por dónde empezar puede llevar tiempo. Keneth asintió lentamente. —Lo sé. —¿Y qué le dirás a tu madre cuando note que desaparecí? Keneth frunció el ceño. Adelaide sin duda sospecharía si Shin desaparecía sin explicación. —Podríamos decir que… —Keneth se quedó pensativo— …que encontraste algo extraño en la barrera y decidiste investigar más a fondo, quizás eso te ayude a regresar a tu mundo... O seguir viajando… Shin alzó una ceja. —¿Y eso se supone que no la hará sospechar más? —No si lo decimos de manera convincente. —Keneth lo miró con firmeza—. Algo que la haga creer que es parte de tu naturaleza de viajero curioso y que regresarás cuando tengas respuestas. Shin sonrió divertido. —Oh, así que ahora también sabes cómo manipular la información. Me gusta. —No estoy manipulando nada. Solo… ajustando la verdad. —Lo que sea que te ayude a dormir por las noches, pequeño Keny. Keneth se puso de pie, mirándolo fijamente con un brillo de esperanza en sus ojos, un brillo al que Shin no pudo negarse. —¿Entonces lo harás? Shin suspiró teatralmente. —Sí, sí. Iré a buscar a tu princesa. Pero me debes una cuando vuelva. Keneth sonrió con alivio. —Gracias, Shimizu. Shin le revolvió el cabello con una sonrisa burlona. —No me agradezcas todavía. Primero tengo que encontrarla. Vert, que había estado escuchando la conversación desde una repisa, resopló. —Finalmente, paz y tranquilidad sin este idiota dando vueltas. Shin le lanzó una mirada. —También puedo llevarte conmigo, ¿sabes? —¡Ni en un millón de años! Keneth rodó los ojos mientras Shin reía. A pesar de todo, a pesar de la incertidumbre y la tristeza de la separación, había algo claro: este no era el final. Shin se iría, pero volvería. Y cuando lo hiciera, tal vez traería la respuesta que tanto habían estado esperando.
Keneth caminaba con pasos firmes por los pasillos del castillo, pero por dentro, su corazón latía con fuerza. No era la primera vez que intentaba engañar a su madre, pero sí era la primera vez que lo hacía con una mentira tan grande. Shin, como siempre, caminaba a su lado con las manos en los bolsillos, sin aparentar la menor preocupación. —¿Seguro que no quieres que sea yo quien hable? Soy muy bueno improvisando. Keneth lo fulminó con la mirada. —Por eso mismo, no. Shin rió bajo. —Está bien, está bien. Te dejaré tomar la delantera. Pero si empiezas a tartamudear, tomaré el control. Keneth resopló. —No voy a tartamudear. Frente a la puerta de la sala del trono, Keneth tomó aire y entró con seguridad. Adelaide estaba de pie, revisando unos documentos junto a un par de sirvientes, pero al verlos llegar, levantó la vista. —Keneth, Shin. ¿Ocurre algo? Keneth se detuvo ante ella y habló con la mayor naturalidad posible. —Shin ha descubierto algo extraño en la barrera. Dice que podría ser importante, pero necesita más información. Adelaide frunció el ceño, mirando a Shin con desconfianza. —¿Qué clase de información? Shin dio un paso adelante con una media sonrisa. —Bueno, Su Majestad, durante nuestros intentos de analizar la barrera, noté que su energía fluctúa en ciertos momentos del día. Eso podría significar que tiene puntos débiles o patrones que podría usar. Pero para entenderlo mejor, necesito comparar esta barrera con investigaciones, quizás así vuelva a mi hogar Adelaide lo observó en silencio, analizando sus palabras. Keneth intervino rápidamente. —Por eso quiere viajar. Necesita buscar información fuera del reino. Adelaide entrecerró los ojos. —¿Y cuánto tiempo planeas estar fuera? Espero no te hayas olvidado de nuestro contrato. Shin sonrió. —No mucho. Tal vez unas semanas… o algunos meses. Keneth sintió un leve escalofrío, pero mantuvo la compostura. Adelaide suspiró y miró a su hijo. —¿Tú qué opinas? Keneth asintió con seriedad. —Si puede ayudarlo a regresar a su casa… Vale la pena intentar
Adelaide los miró a ambos por un largo instante. Luego, cerró los ojos y suspiró. —Está bien. —Su mirada se clavó en Shin—. Pero escúchame bien, viajero. Si estás mintiendo o si esto es solo una excusa para desaparecer sin motivo, no me importará de dónde vengas. Me aseguraré de que no vuelvas a ver el cielo azul. Shin sonrió con burla y se llevó una mano al pecho. —me hiere su desconfianza Adelaide no respondió. Keneth tragó saliva y decidió intervenir antes de que Shin terminara de irritarla. —Gracias, madre. Shin partirá en un rato. Adelaide asintió. —Entonces será mejor que te prepares. Y no olvides que mi paciencia tiene un límite. —Lo tendré en cuenta. —Shin le guiñó un ojo y se giró para salir. Keneth lo siguió rápidamente, sin querer prolongar la conversación. Cuando estuvieron fuera del salón, Shin sonrió con satisfacción. —Y así es como se miente con clase. Keneth suspiró. —Solo vete antes de que mi madre cambie de opinión. Shin se estiró, como si todo esto no hubiera sido gran cosa. —Nos vemos, pequeño Keny. Cuida de Vert por mí. Keneth lo miró con firmeza. —Vuelve con Mirai. Shin sonrió, pero esta vez, su expresión tenía un toque de sinceridad. —Lo haré. Y con eso, el viajero desapareció saliendo del castillo, dejando atrás a un Keneth con la esperanza de que, esta vez, su destino cambiara.
El castillo de Vintersol Frigard estaba más silencioso de lo habitual. Sin Shin deambulando por los pasillos y con la nieve amortiguando cualquier sonido del exterior, el lugar se sentía extrañamente vacío. Keneth estaba en la biblioteca, sentado junto a una ventana, observando la tormenta que cubría el reino. Sostenía un libro en las manos, pero no había pasado de la primera página en la última media hora. —¿Es un buen libro? Keneth giró la cabeza, sorprendido. Adelaide estaba en la puerta, con su largo abrigo de terciopelo oscuro y las manos cruzadas. No llevaba su corona ni su atuendo real, solo ropa cómoda, lo que era raro en ella. —No lo sé, aún no lo leo. —Keneth cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Adelaide caminó hasta él y se sentó en el sofá frente a la chimenea. —Te he visto más pensativo desde que Shin se fue. Keneth suspiró y miró nuevamente por la ventana. —No es nada. Adelaide entrecerró los ojos. —No me mientas, Keneth. Él apretó los labios, sin saber cómo responder. Adelaide lo observó en silencio por unos momentos antes de suspirar. —Sé que he dejado muchas cosas en manos de ese viajero. Cosas que no son su responsabilidad y aún así decidió hacerlas.. Keneth la miró de reojo, notando el tono de culpa en su voz. —Cuando no puedo estar contigo, él lo hace. Y aunque confío en sus capacidades, eso no cambia el hecho de que yo debería haber estado allí. Keneth parpadeó, sorprendido por la sinceridad de su madre. No era común que hablara de sus sentimientos. —Sabes que eres importante para el reino... Pero a veces… olvido que también eres importante para mí. Adelaide desvió la mirada hacia la chimenea, su expresión era serena, pero su voz tenía un dejo de tristeza. Keneth sintió un nudo en la garganta. — Lo haces porque es lo mejor. —Lo hice porque no sabía hacerlo de otra manera. —Adelaide lo miró con una leve sonrisa—. Pero aún tengo tiempo para cambiarlo. Keneth la miró con cierta incredulidad. —¿Qué quieres decir? —Quiero pasar más tiempo contigo. Keneth abrió los ojos con sorpresa. —¿Conmigo? —Sí. Adelaide se acomodó en el sofá, más relajada. —No como reina, sino como tu madre. Keneth bajó la mirada, procesando sus palabras. —No tienes que hacerlo solo porque te sientas culpable. Adelaide rió suavemente. —No lo hago por culpa. Lo hago porque quiero. Keneth apretó los labios, pensativo. Entonces, sin mirarla, murmuró: —Me gustaría eso. Adelaide sonrió y se puso de pie. —Bien. Entonces esta noche cenaremos juntos. Sin asuntos del reino, sin interrupciones. Solo tú y yo. Keneth no pudo evitar sonreír levemente. —Está bien. Adelaide se inclinó y le revolvió el cabello con suavidad, un gesto poco común en ella. —Nos vemos en el comedor. Y con eso, salió de la biblioteca, dejando a Keneth con una sensación cálida en el pecho que no había sentido en mucho tiempo. O al menos, no con Adelaide.
La mesa del comedor estaba iluminada por la suave luz de los candelabros, reflejándose en los platos de porcelana y en las copas de cristal. A diferencia de las cenas formales con nobles y consejeros, esta noche la mesa era más sencilla. Solo dos lugares estaban servidos: uno para Adelaide y otro para Keneth. Cuando Keneth entró en el comedor, se sorprendió al ver la escena. Su madre ya estaba sentada, sin la compostura rígida de una reina en una cena oficial. Incluso su atuendo era menos imponente. —Pensé que sería una cena normal, con la sala llena de gente. —Keneth se sentó en su lugar, mirándola con curiosidad. Adelaide sonrió suavemente. —Te dije que esta noche era solo para nosotros. No necesito que nadie más esté aquí. Keneth sintió algo extraño en su pecho. Había crecido rodeado de formalidades, de reglas, de obligaciones… pero nunca había tenido una cena así con su madre. Los sirvientes trajeron los platos, y por un momento, el único sonido fue el de los cubiertos chocando contra la porcelana. —¿Cómo ha estado Vert? —preguntó Adelaide de repente, rompiendo el silencio. Keneth parpadeó, sorprendido de que mencionara a la criatura. —Se queja mucho. Dice que Shin seguro se olvidará de nosotros y se perderá en otro universo. Adelaide sonrió levemente. —No lo culparía si lo hiciera. Ese viajero parece incapaz de quedarse quieto. Keneth rió suavemente. —Sí… pero siempre regresa. Adelaide lo observó en silencio por un momento antes de tomar un sorbo de su vino. —Confías mucho en él. Keneth asintió. —Sí… B-Bueno, es alguien muy agradable… Adelaide desvió la mirada por un momento, pensativa. —Al principio solía preocuparme por la influencia que podría tener en ti. No es alguien de este mundo, ni alguien que siga las reglas. Keneth sonrió con melancolía. —Precisamente por eso…Creo que ha sido importante para mí. Adelaide lo miró, notando la sinceridad en sus palabras. —Lo sé. Y creo que, a su manera extraña, él también se preocupa por ti. Keneth dejó su tenedor sobre el plato y apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos. —No es que Shin haya reemplazado lo que tú no pudiste darme. Adelaide levantó la vista, sorprendida. —Yo siempre te vi como mi madre. Pero también entendí que tenías que ser la reina. Adelaide mantuvo su expresión neutral, pero algo en su mirada se suavizó. —No debí hacerte elegir entre esas dos cosas... Me di cuenta que es la primera vez que te oigo llamarlo por su nombre. Keneth se encogió de hombros con un pequeño rubor en sus mejillas dada la vergüenza de aquel detalle. —F-Fue un reflejo…Y no me obligaste a elegir. Yo solo… aprendí a vivir con ello. Adelaide tomó aire y lo soltó lentamente. —No quiero que solo aprendas a vivir con ello. Quiero que puedas contar conmigo, no solo como la reina de Vintersol Frigard, sino como tu madre. Keneth sintió un nudo en la garganta. —Entonces… quiero que sigamos haciendo esto. Adelaide levantó una ceja. —¿Las cenas? —Sí. No tiene que ser todo el tiempo, pero… me gusta hablar contigo sin que haya asuntos del reino de por medio. Adelaide lo miró con sorpresa por un momento antes de asentir con una pequeña sonrisa. —Me gustaría eso. Keneth sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que su madre no era solo una figura distante envuelta en obligaciones. Esa noche, entre risas contenidas y conversaciones tranquilas, se sintió como algo que habían estado esperando por años: una familia.
Los días siguientes fueron diferentes para Keneth. Por primera vez en mucho tiempo, su madre hacía un esfuerzo por estar presente. No solo en asuntos formales, sino en los pequeños momentos. Algunas tardes la encontraba en la biblioteca, hojeando libros en silencio, y sin necesidad de decir nada, Keneth se sentaba a leer con ella. Otras veces, cuando salía a caminar por los jardines nevados, Adelaide lo acompañaba, preguntándole sobre cosas simples, cosas que antes nunca habían sido tema de conversación entre ellos. No era una transformación radical, pero era un cambio. Una noche, después de la cena, Keneth y Adelaide se quedaron en el salón principal. Una chimenea crepitaba en la pared de piedra, llenando la habitación con un calor agradable. Vert dormía sobre el regazo de Keneth, roncando suavemente. Adelaide lo miró con una mezcla de diversión y curiosidad. —Nunca imaginé que una criatura tan malhumorada se vería tan pacífica. Keneth esbozó una pequeña sonrisa, acariciando los tentáculos de Vert. —Solo cuando está dormido. Adelaide lo observó en silencio por un momento antes de hablar con voz tranquila. —Has cambiado. Keneth la miró, confundido. —¿A qué te refieres? —Pareces más… —hizo una pausa, buscando las palabras— seguro de ti mismo. Keneth frunció levemente el ceño. —No lo había notado. Adelaide tomó una copa de vino de la mesa y la giró entre sus manos. —Cuando eras más joven, siempre parecías estar buscando algo. Tal vez una respuesta, un propósito… o una manera de escapar, como irte siempre a aquella barrera para ver a esa pequeña del otro lado. Keneth bajó la mirada. — ¿Qué pasaría si aún la estoy buscando? Adelaide lo observó con una expresión suave. — No tienes que encontrar todas las respuestas ahora. Keneth suspiró y se recargó en el sillón. —Pero quiero hacerlo. Quiero saber si hay una forma de cruzar la barrera. Quiero ver a Mirai de nuevo. Adelaide no respondió de inmediato. Se quedó observando el fuego de la chimenea, sus pensamientos perdidos en las llamas danzantes. —Si Shin encuentra algo, ¿Lo dejarás ir sin importar que eso signifique que volverías a estar solo? Keneth apretó los labios. —No lo sé… Él regresaría a su hogar y no puedo pedirle que se quede.
Adelaide tomó un sorbo de su vino antes de hablar con un tono bajo, casi como si estuviera pensando en voz alta. —A veces, lo que queremos y lo que debemos hacer no siempre son lo mismo. Keneth sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Tú qué habrías hecho? Adelaide dejó su copa en la mesa y lo miró con seriedad. —Habría hecho lo que fuera necesario para hacer que se quede… Keneth la miró fijamente, sintiendo el peso de esas palabras. Por primera vez, entendió que su madre no era solo la reina que protegía la barrera, sino también alguien que había vivido con sus propias decisiones y sacrificios. El silencio se alargó entre ellos, pero no era incómodo. Era la primera vez que hablaban como madre e hijo, sin máscaras, sin títulos. Y Keneth se dio cuenta de que, aunque la distancia entre él y Mirai seguía siendo infranqueable… al menos la que existía entre él y su madre, poco a poco, se estaba acortando.
Adelaide observó a su hijo con una expresión neutra, pero en su mente, las piezas ya estaban en movimiento. No podía permitir que Shin encontrara una manera de cruzar la barrera. Había cosas que Keneth no sabía, cosas que solo los gobernantes de Vintersol Frigard y Varmnter Solmara conocían. El contrato que mantenía la barrera en pie no era solo un castigo por el amor prohibido de dos antiguos amantes. Era un precio. Un equilibrio. Si se rompía… Adelaide cerró los ojos por un instante antes de levantarse. —Es tarde, Keneth. Deberíamos descansar. Keneth asintió, sin notar la tensión en su madre. Cuando él se marchó, Adelaide permaneció de pie frente a la chimenea, con los brazos cruzados. Shin era un problema. No porque fuera peligroso, sino porque era insistente, porque no entendía los límites de este mundo, porque su existencia misma rompía las reglas. Y porque, en el fondo, Keneth lo veía como un hermano, su refugio. A pesar de que habían pasado unas pocas semanas, Shin y Keneth se habían vuelto muy unidos. Adelaide suspiró y chasqueó los dedos. De las sombras de la habitación emergió una figura envuelta en un manto negro. —Majestad. —Vigilen la frontera. Si Shin regresa… quiero saberlo de inmediato. La figura asintió. —¿Ordena que lo detengamos? Adelaide guardó silencio. No podía hacer algo tan drástico. Keneth notaría su ausencia y sospecharía. —No. Solo quiero saber cada uno de sus movimientos. Si descubre algo sobre la barrera, quiero ser la primera en enterarme. La figura inclinó la cabeza y se desvaneció en la oscuridad. Adelaide cerró los ojos, sintiendo el peso de su decisión. Quizás Keneth algún día la odiaría por esto. Pero prefería que la odiara… a que muriera tratando de desafiar lo imposible.
Shin había estado fuera durante dos meses.