En la fría y opresiva habitación del palacio de Varmnter Solmara, el aire estaba cargado con la tensión de lo sucedido. La luz dorada del sol, filtrándose a través de las altas ventanas, iluminaba la figura de Shin, encadenado en una jaula metálica que resplandecía a la par que su frustración. Su mirada, aunque burlona, no podía ocultar el cansancio que sentía después de dos meses de confinamiento. De vez en cuando, sus dedos morados tocaban las rejas con un toque suave, como si buscara alguna forma de encontrar una salida. En el centro de la habitación, Mirai estaba de pie, mirando hacia abajo, sin atreverse a mirarlo. La joven, con su característico aire de seriedad, llevaba en sus manos documentos que no lograba leer. Las responsabilidades impuestas sobre ella, como castigo por el intento de fuga, no le dejaban espacio para pensar en otra cosa. Sin embargo, su mente se centraba en una sola imagen: Shin, prisionero, donde siempre debía estar entrenando. El silencio era casi ensordecedor, hasta que una voz, irreverente y llena de sarcasmo, rompió la quietud. — ¿Qué pasa, Mirai? ¿No me vas a saludar? —dijo Shin, una risa burlona escapándose de sus labios. Mirai levantó la vista, sus ojos llenos de frustración, pero también de una tristeza silenciosa. Sabía que estaba atrapada, no solo por las barreras que separaban su mundo del de Keneth, sino por las decisiones que había tomado. — ¿Y tú? ¿Te arrepientes de habernos metido en esto? —su voz, aunque suave, cargaba un peso que Shin no había visto antes. Shin no respondió de inmediato. En su lugar, se estiró dentro de la jaula, adoptando una postura relajada, como si estuviera esperando a que todo eso fuera solo un mal sueño. Pero lo sabía, no lo era. La realidad era más compleja de lo que había imaginado. — Si me arrepiento… ¿de qué? —rió entre dientes, sin poder contenerse—. Esto es solo otro día más en mi vida. Pero si te sirve de consuelo, no lo hice para verte sufrir. Te lo prometo. Mirai suspiró, dándose cuenta de que no podía esperar mucho más de él. El sarcasmo era su escudo, y lo había usado desde el principio. Aun así, algo en sus palabras le daba a entender que no todo estaba perdido. — ¿Y Keneth? —preguntó con cautela, mirando a través de la ventana como si pudiera ver más allá de la barrera. Algo le decía que Keneth estaba solo, en su reino frío, preguntándose por qué Shin no había regresado. Shin la observó por un momento, sus ojos finalmente alejándose de la jaula. Su tono de voz cambió, volviéndose más serio, casi sincero. — Él... Él no es como tú. No puedo dejarlo solo. No lo haré. —Su mirada se perdió en el vacío—. Pero no sé si podré hacerlo solo. Mirai se quedó en silencio, asimilando sus palabras. Quizás, en su interior, siempre pensó ser como Shin, un viajero sin un destino atado a ser algo que no quería. En ese momento, las puertas de la habitación se abrieron con estrépito, interrumpiendo la conversación. Un grupo de guardias apareció, escoltando a una figura que entró sin previo aviso. Los ojos de Mirai se abrieron ligeramente al reconocerla: Soleil. — ¡Mirai! —gritó con voz firme—. Deberías estar entrenando. Soleil se acercó, observando con desdén tanto a Mirai como a Shin. La tensión entre ellas era palpable, pero lo que más le preocupaba era el futuro de su hija, Mirai. No sabía cuánto más podrían resistir sin que la verdad sobre la barrera se revelara. Shin no dijo nada, pero sus ojos brillaron con una determinación inquebrantable. Mientras tanto, Mirai miraba la jaula, y un pensamiento se instaló en su mente: No podía quedarse allí, viendo cómo todo se desmoronaba. La historia de ellos tres, atrapados en sus propios mundos, estaba lejos de terminar.

El invierno había avanzado y Vintersol Frigard parecía más aislado que nunca. La nieve caía sin cesar, cubriendo el paisaje, cubriendo el silencio que se había instalado en el castillo. Keneth, sin noticias de Shin, había comenzado a perder la esperanza. Adelaide, al observar su creciente desánimo, le mencionó una tarde que tal vez Shin había regresado a su propio universo, como ella había previsto. Eso hizo que el corazón de Keneth se hundiera un poco más. —Tal vez solo me estaba usando. —El pensamiento lo había atormentado más de lo que quería admitir. Si Shin realmente no tenía la intención de regresar, si solo lo había ayudado para escapar de su propia existencia... Pero Keneth se negaba a creerlo completamente. Algo no encajaba. No podía ser tan fácil, no después de ver un cariño genuino por parte del peliazul. Al mismo tiempo, en la opresiva prisión de Varmnter Solmara, Shin y Mirai se encontraban atrapados. La barrera mágica que separaba a ambos mundos no solo mantenía a los habitantes de Vintersol Frigard alejados de los de Varmnter Solmara, sino que ahora también se había convertido en una prisión para ambos. Shin estaba encerrado en un calabozo subterráneo, aislado de todo y de todos, con las manos encadenadas a las paredes de piedra fría. Había intentado escapar desde el primer momento, pero los guardias eran más astutos de lo que había anticipado. Aunque su habilidad para atravesar barreras seguía intacta, la fuerza de la magia que los mantenía cautivos resultaba más poderosa de lo que había imaginado. Mirai, por su parte, había sido llevada a los aposentos reales, donde, en lugar de ser tratada como la hija del líder de Varmnter Solmara, se le impuso un castigo severo. Su madre, la reina de la nación, había decidido que su vínculo con Keneth y la osadía de tratar de cruzar la barrera sin permiso debían ser castigados duramente. A Mirai se le dio más trabajo del que cualquier persona podría manejar, y su vida de “lujos y privilegios” había quedado atrás. Las noches en la prisión de Shin eran largas y oscuras, sin rastro de tiempo o esperanza. A pesar de todo, no había perdido la compostura. Se mantenía alerta, buscando una oportunidad. Él sabía que debía salir de allí y regresar con Keneth. Su promesa no había cambiado, pero las circunstancias eran más difíciles de lo que había anticipado. Una noche, después de lo que parecían ser días interminables de soledad y silencio, Shin escuchó los pasos de los guardias acercándose a su celda. Era extraño, ya que no solían acercarse a él a menos que fuera necesario. Un par de ellos aparecieron frente a las rejas, y uno de ellos abrió la puerta. —No tienes mucha suerte, viajero. Pero hemos recibido una orden directa. Tenemos que matarte aquí y ahora. Shin no respondió. Sabía que la situación no se resolvía con palabras. Solo se limitó a observar a los guardias que se acercaban más a él, con armas de las que no le gustaría tener en su cuerpo. La posibilidad de salir estaba al alcance, pero aún quedaba algo más importante en su mente: la imagen de Keneth y las promesas no cumplidas. Pero ahora mismo, su cuerpo ya no podía moverse más. No sabía si por el cansancio o el dolor que había estado experimentando en su estadía. En el palacio de Varmnter Solmara, la situación de Mirai era igualmente tensa. Su madre, la reina, parecía decidida a que pagara un precio alto por su osadía. Pero había algo en Mirai que no cedía. A pesar de estar agotada y rodeada de obligaciones, su mente seguía fija en Keneth y en la promesa que había hecho de estar con él, sin importar lo que pasara.

Ese día, mientras realizaba una de las tareas que su madre le había asignado, Mirai sintió un escalofrío, algo relacionado con Shin. Estaba lejos, pero sin pensarlo, dejó de lado sus obligaciones y decidió ir hasta su celda. Tiempo después de burcarlo en un corredor olvidado, lo encontró en un estado totalmente demacrado, parecía que iba a morir en cualquier momento, Mirai, sin otra alternativa más, decidió que escapar a la barrera para ir en busca de Keneth sin importarle nada era la mejor opción para salvar al herido que tenia frente suyo. Shin estaba allí, apoyado en la pared. Pero ya no era el mismo Shin que ella había conocido. El brillo en sus ojos estaba opacado por la desesperación, y sus movimientos, usualmente rápidos y certeros, ahora estaban limitados por el dolor y las cadenas en sus manos. —Shin… —susurró ella, acercándose a él. Shin levantó la mirada al escuchar su voz, y por un momento, los dos se quedaron en silencio, intercambiando miradas llenas de cansancio y pesar. —Mirai... —su voz sonó rasposa, como si hubiera estado en la oscuridad demasiado tiempo—. ¿Estás bien? Mirai asintió lentamente, aunque su rostro mostraba más preocupación que alivio. Estaba llorando, jamás se perdonaría si Shin moría ahí y Keneth se culpaba por ello. —Sí, pero… t-tú… Shin dio una ligera sonrisa, una sonrisa amarga. —¿Esto? esto no es nada. Pero no te preocupes, encontraré una forma de salir. Mirai se acercó aún más, tocando las frías rejas de la celda. —No podemos seguir así. ¿Sabes como salir de aquí? Shin… —su voz se quebró por un momento—,Si te pasa algono me lo perdonaría jamás.. Shin frunció el ceño, algo de rabia apagando su agotamiento. — Mirai. Vamos a salir de aquí, lo prometo. Pero necesitamos saber cómo. Necesitamos encontrar una forma de irnos a la barrera. Mirai suspiró, mirando al suelo antes de levantar la vista, decidida. —Lo conseguiremos. No importa lo que cueste… TeTe llevaré en mi hombro… A-Apóyate en mí.

La luz en sus ojos reflejaba la misma determinación que Shin había visto en Keneth. Aunque las circunstancias eran diferentes, aunque ahora ambos estuvieran atrapados en diferentes mundos, la promesa seguía viva. Y Shin sabía que, aunque el precio fuera alto, no descansaría hasta cumplirla, así tuviera que morir en el camino lograría que esos dos niños se vieran de nuevo.