Shin observó el brillo de determinación en los ojos de Mirai y, aunque estaba exhausto, una chispa de esperanza se encendió en su pecho. El precio sería alto, sí, pero la promesa que él mismo había hecho de cuidar a Keneth y hacer todo lo posible por mantener su felicidad aún seguía siendo su guía. Mirai nunca se detendría por nada, y eso le recordó que no podía rendirse. —Eres terca, ¿lo sabías? —le dijo con una sonrisa cansada, pero sincera—. Me pides que me apoye en ti... Cuando debería ser yo quien te apoye a ti, después de todo esto. Mirai lo miró con una mezcla de frustración y cariño, antes de tomar una respiración profunda.

La situación era desesperada, pero la barrera, ese obstáculo imponente, seguía siendo su mayor desafío. ¿Cómo escaparían sin poner en riesgo sus vidas? Si cruzaban, ambos sufrirían el mismo destino que siempre habían temido. Pero no era el momento de temer; la oportunidad ya estaba frente a ellos. —No te dejaré morir, Shin. —respondió Mirai, su voz firme—. Pero necesitamos más que promesas. Necesitamos un plan. Shin asintió lentamente. Aunque su mente aún se encontraba nublada por el dolor, recordaba lo suficiente. Había estado en la barrera antes, en ese limbo entre mundos. Si lograban encontrar el punto exacto, la barrera no sería un obstáculo. —Sé lo que hacer. —dijo Shin, su voz volviendo a tener algo de seguridad—. Sé por dónde debemos ir, pero será difícil. Y una vez estemos dentro… no habrá vuelta atrás. Puede que te cueste todo. A ti. A mí. A todos.

Mirai cerró los ojos un momento, sabiendo que las palabras de Shin no eran una exageración. Pero también sabía que si no intentaban, el dolor de quedarse allí sería mucho peor. —Lo haré. No me detendré. Ya he vivido demasiado tiempo atrapada en este palacio, entre cadenas invisibles. Si esto significa luchar por la libertad, entonces lo haré... no importa el precio.

Con un esfuerzo, Shin se incorporó parcialmente, usando la pared y el hombro de Mirai como apoyo. Aunque sus fuerzas estaban al límite, su mente estaba clara. Ya no se trataba solo de salvarse a sí mismo, sino de dar el último empujón para que, al menos, la promesa que había hecho tuviera un final feliz. —Muy bien. Entonces, vamos a la barrera, antes de que alguien nos encuentre aquí. —dijo Shin con determinación, aunque su cuerpo temblaba por la debilidad.

Mirai lo ayudó a ponerse de pie, y con su cuerpo ligeramente inclinado hacia ella, comenzaron a moverse con cautela por los oscuros pasillos del palacio. La urgencia crecía a cada paso, el sonido de sus respiraciones se hacía más fuerte en el silencio, y la certeza de que todo cambiaría estaba en el aire. —¿Sabes? —comentó Shin, mientras se apoyaba en ella—. Esto me recuerda a aquellos días con Keneth... cuando solíamos correr por el palacio, huyendo de los problemas para que su madre no nos impusiera un castigo.

Mirai sonrió, con algo de nostalgia, pero también con la resolución de que la situación ya no era un juego. Ya no se trataba de juegos infantiles ni de promesas simples. Ahora, todo tenía un peso mucho mayor.

Quizás algún día, podremos volver a ver a Keneth… y estar todos juntos...

Las palabras de Mirai calaron hondo en el corazón de Shin. La esperanza, esa que siempre había mantenido oculta, ahora comenzaba a resurgir con fuerza. Si podía lograr que esos dos, Keneth y ella, se reunieran... valdría la pena todo. Con una última mirada hacia el pasillo oscuro que los conducía hacia la libertad, Shin asintió con firmeza. —Lo lograremos. Ahora, sigamos adelante, sin miedo.

Pero el destino siempre tiene planes distintos.



Cinco años habían pasado desde aquel intento fallido de huir del palacio, y la memoria de aquel día seguía clavada en los corazones de todos los involucrados. Mirai y Shin, juntos en su fuga, habían logrado atravesar los muros del palacio y llegar casi hasta la frontera de Varmnter Solmara. Pero justo cuando pensaban que lo lograrían, una armada de soldados les había tendido una trampa, rodeándolos en un último intento de evitar su escape.

En ese momento, Shin había sido tomado prisionero y condenado a muerte, sus cadenas eran más pesadas que nunca, y Mirai había sido separada de él pero rogando a su madre, logró que Shin fuera solo un esclavo y no lo mataran, a cambio ella debía seguir entrenando para liderar en un futuro. La reina, furiosa por la traición de su hija, le había prometido castigos más crueles de los que Mirai nunca habría imaginado. Sin embargo, a pesar de la captura, la determinación de ambos no desapareció.

Keneth, con la ayuda de Vert, el pulpo rojo de Shin, nunca dejaron de intentar. Pasaron los años, y el joven no se detuvo, buscando una forma de romper la barrera y reunirse con Mirai. Mientras tanto, Vert había permanecido bajo su cuidado, su naturaleza feroz y protectora contrarrestando la tristeza de Keneth, quien sentía que la distancia entre él y Mirai crecía con cada día que pasaba. Además de un hueco en su corazón al creer que Shin lo había abandonado con Vert, sintiendo traición y decepción.

Mirai, por su parte, no había descansado. A pesar de la vigilancia constante de los guardias y la presión de su madre, la joven no dejó de buscar formas de escapar. Durante esos años, había aprendido mucho sobre los secretos ocultos del castillo y las antiguas reliquias de la familia real que podrían ser su única esperanza.

Pero no fue hasta que un extraño trato con Shin y la Reina Soleil, que había estado observándolo durante todo este tiempo, cambió por completo los planes de Mirai. El trato había sido claro: Shin sería liberado de sus cadenas y podría moverse con libertad dentro del palacio a cambio de convertirse en un sirviente fiel de la reina. Shin, quien no era otra cosa que una sombra en la prisión, manipuló la situación a su favor, y aceptó la oferta, sabiendo que era la única forma de poder estar cerca de Mirai sin levantar sospechas.

Un día, después de años de sufrimiento, Shin fue presentado nuevamente ante la reina, ahora con una apariencia más formal, pero sin perder su esencia sarcástica y por supuesto a Saeu en su hombro, como siempre. —Parece que has aprendido mucho, Shin. —la reina observó con una mezcla de desdén y curiosidad, notando la quietud en su comportamiento. —Serás útil, al menos por ahora. Pero recuerda, si intentas algo… te haré pagar. Shin inclinó la cabeza, su rostro inexpresivo, pero sus ojos destilaban un brillo de determinación que la reina no logró ver. —No se preocupe, alteza. —respondió con una sonrisa amarga. —Solo quiero que me den algo de espacio para respirar.


Mientras tanto, Keneth seguía buscando maneras de cruzar la barrera. Con el tiempo, había comenzado a escuchar rumores, y uno de ellos había captado su atención: había ciertos puntos en el castillo que podían actuar como portales hacia otras dimensiones. El joven, siempre al lado de Vert, comenzó a investigar cada rincón, armado con la esperanza de que tal vez, algún día, Shin pasara de nuevo por su universo y darle una explicación.