Keneth siguió a Adelaide por los pasillos del castillo, ignorando las miradas de los guardias y sirvientes que parecían más tensos de lo normal. Su madre caminaba con la misma elegancia de siempre, pero él podía notar la rigidez en sus hombros.
—Madre —llamó con voz firme—. ¿Qué está pasando? Adelaide no se detuvo. —No es algo de lo que debas preocuparte, Keneth. Vuelve a la celebración. —¡No me mientas! Ya no soy un niño, sé que algo sucede aquí. Adelaide suspiró y, finalmente, se giró para enfrentarlo. —Hoy es un día importante, más allá de tu cumpleaños. Debo encargarme de ciertas cosas para seguir un ritual. Keneth sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. —¿Qué significa eso exactamente? Adelaide lo miró con calma. —Significa que, a partir de hoy, serás más que el líder de Vintersol Frigard. Keneth sintió que su corazón se detenía. —…¿Qué? Adelaide continuó, con una expresión serena. — Te convertirás en el líder, Keneth. Keneth dio un paso atrás, sintiendo que el aire se le escapaba. —No… eso no puede ser. Adelaide lo observó con una mezcla de ternura y severidad. —Sé que esto es difícil para ti, pero es por el bien de nuestra gente. —¿Y qué hay de mí? —Keneth levantó la voz, con los ojos ardiendo de furia—. De lo que realmente quiero… Adelaide mantuvo su compostura. —Es nuestro deber preservar el equilibrio, Keneth. Pero Keneth ya no la escuchaba. Su mente estaba llena de un solo pensamiento. Mirai y lo imposible que sería ahora si este proceso se llevaba a cabo, lo sabía, sería imposible cruzar la barrera ahora. Si la barrera se hacía permanente… nunca volvería a verla. Nunca volvería a hablar con ella. Nunca volvería a… —No lo haré... Adelaide lo miró con frialdad. —No tienes opción. Keneth apretó los puños. No iba a aceptarlo. No importaba qué tuviera que hacer.
Mientras tanto, en Varmnter Solmara Shin sentía como si su cuerpo se desgarrara con cada paso que daba hacia la barrera. El ardor era insoportable, como si lo estuvieran quemando desde adentro, pero aun así, siguió avanzando.
—¡Shin! —gritó Mirai desde atrás—. ¡No puedes hacerlo solo! —¡No tengo tiempo para buscar otra forma! —gruñó, con la voz entrecortada por el dolor. Si Keneth estaba en peligro, no podía detenerse. Dio un paso más. Y entonces, el mundo cambió.
Un viento helado estalló a su alrededor, arrastrándolo hacia atrás. Shin apenas pudo mantenerse en pie.
Y en ese momento, lo entendió. El contrato ya estaba en marcha. Si no llegaban a Keneth ahora… Sería demasiado tarde.
Shin apenas podía mantenerse en pie. Su cuerpo estaba cubierto de quemaduras, su respiración era pesada y cada paso que daba era como si su piel se desgarrara más. Pero no se detuvo. No podía. Keneth lo necesitaba.
—Regresa a tu celebración y si algo pasa, evita no tomar el mando tan rápido… Mirai le había hecho caso y regresó al castillo de Varmnter Solmara. Ella haría lo posible para impedir que el contrato se completara desde su lado, pero Shin sabía que la verdadera batalla estaba aquí, en Vintersol Frigard. Las calles estaban en silencio, cubiertas por la nieve. Shin apenas logró llegar a las puertas del castillo cuando sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba solo.
—Vaya, vaya… No esperaba verte en este estado. Shin levantó la mirada y vio a Adelaide de pie frente a él, con la misma serenidad de siempre. Pero esta vez, algo en su expresión era diferente. No había calidez. Ni siquiera la frialdad controlada de una reina. Solo indiferencia. Shin forzó una sonrisa, aunque apenas podía mantenerse en pie. —¿Qué tal, Lady Adelaide? No me dio la bienvenida… Qué falta de educación. Adelaide sonrió, pero no había alegría en su rostro. —Siempre con esa actitud. Es admirable que aún puedas bromear cuando estás a un paso de la muerte. Shin apretó los dientes. —No tengo tiempo para esto. ¿Dónde está Keneth? Adelaide inclinó la cabeza con falsa curiosidad. —¿Para qué quieres saberlo? —Voy a sacarlo de aquí. Adelaide suspiró, como si estuviera tratando con un niño ingenuo. —Shin… Keneth no puede irse. —¿Ah, sí? ¿Y quién lo dice? Adelaide lo miró fijamente antes de responder. Soltó una risa seca, sin humor.
—No es amor lo que le di a Keneth toda su vida —continuó—. No es mi hijo. Nunca no lo será.
Shin ladeó la cabeza, pero no interrumpió.
—*Keneth nació de una maldición, de su madre.—*dijo ella, su voz afilada como un cuchillo—. Mi hermana, murió al traerlo a este mundo y ella misma lo maldijo, es un hijo no deseado... Un objeto para toda la seguridad del mundo. Un contrato. Uno que nos condenó a todos.
El silencio se estiró entre ellos. El viento soplaba fuerte, pero Shin no podía procesar toda esa información, la vida de Keneth estuvo llena de amor falso, mentiras y más mentiras.
—Así que su madre murió por él… —murmuró Shin sin poder creerlo—. Y su padre no está aquí porque…
—Porque lo odia —escupió Adelaide, con un rencor crudo—. Porque mató a la mujer que amaba. Porque lo que nos dejó no es un hijo, sino una maldición, un niño que no debió haber sido nacido. Creí que podía amarlo, que no era tan malo pero siempre que lo veía… No podía evitar ver la mirada de mi hermana en su pequeño rostro, por eso no lo cuidaba, fingía estar trabajando para que no estuviera cerca mío y el que hayas llegado tú fue mi salida a todos mis problemas, le diste el amor que yo jamás podré darle.
Shin dejó escapar una risa breve y sin emoción.
—¡Todo este tiempo le mentiste!