El silencio que se instaló en la sala era sofocante, opresivo. Keneth sintió como si su propio ser estuviera colapsando sobre sí mismo, tragado por un abismo del que no podría escapar. Shin estaba muerto. Mirai… probablemente estaba en la misma situación que Keneth. Adelaide lo miraba con fría superioridad, como si él fuera nada más que una pieza de ajedrez a punto de ser retirada del tablero.
—Eres un error, Keneth. —su voz era suave, como si explicara una verdad innegable.
Keneth no respondió. Su mente estaba sumida en una vorágine de emociones desgarradoras, pero en su pecho… algo comenzaba a arder. Algo oscuro. Algo que ni siquiera él podía reconocer. Su respiración se hizo pesada, y las sombras que antes lo mantenían atrapado comenzaron a temblar. No porque él intentara escapar, sino porque algo dentro de él estaba despertando. Adelaide frunció el ceño.
—¿Qué crees que estás haciendo? Keneth bajó la cabeza. Algo latía en su interior, como un eco distante, algo más antiguo que él mismo.
—…¿Por qué…? —susurró. Adelaide levantó una ceja.
—¿Por qué qué? Keneth levantó lentamente la mirada, sus ojos azules brillando con una intensidad diferente, algo más profundo, algo más… vacío.
—¿Por qué no sientes nada? ¿Sólo soy esto para ti? Aún después de tanto tiempo… Adelaide entrecerró los ojos.
—Porque así es como deben ser las cosas. Porque así debe ser tu destino. Keneth sintió su garganta tensarse. Destino… Esa palabra otra vez. Siempre había sido su condena. Siempre había estado atrapado. Por la barrera. Por su linaje. Por la voluntad de otros. Pero ahora, todo lo que lo mantenía en pie había sido arrancado.
Shin, el viajero que lo quería como a un hermano y a pesar de todo nunca lo dejó solo.
Mirai, la única persona con la que soñó un futuro y le dio la esperanza de seguir luchado.
No quedaba nada. El aire alrededor de Keneth comenzó a volverse denso, opaco. La temperatura descendió aún más. La sombra de Adelaide titiló por un instante.
—¿Qué…? Las cadenas que lo sujetaban se resquebrajaron de golpe. Y, por primera vez en su vida, Keneth sintió algo nuevo. La esperanza dentro de su alma… se estaba rompiendo. Y algo peor estaba tomando su lugar.
Vert caminaba sobre la nieve, su pequeña figura contrastando con la inmensidad blanca que lo rodeaba. Sus tentáculos apenas tocaban la superficie congelada mientras avanzaba con prisa, guiado por un presentimiento sombrío.
Y entonces, la vio. El cuerpo de Mirai yacía en la nieve, envuelto en el manto gélido del invierno. Su pecho subía y bajaba con dificultad, cada respiración más débil que la anterior.
—¡Oye, humana! ¡No te duermas! —exclamó Vert, acercándose de inmediato.
Mirai parpadeó lentamente, con los labios amoratados, pero cuando sus ojos se posaron en él, sonrió. —Tú… eres amigo de Shin, ¿verdad…? Vert titubeó. No era su amigo. ¡Era un dolor de cabeza constante! ¡Un idiota sin remedio! Pero en ese momento, ninguna de sus quejas tuvo importancia. —Quizás… lo soy. La sonrisa de Mirai se suavizó. —Dile… gracias… Vert se quedó en silencio. —Por cuidarme… Por hacer reír a Keneth cuando nadie más podía… El pulpo sintió algo en su interior apretarse. —A él, a Keneth también… dile que… Su voz se quebró, su respiración se volvió aún más superficial y las lágrimas salieron su poder evitarlo. —Dile que… fue mi esperanza… en este mundo tan solitario… Vert no pudo responder. La voz sonó quebrada, como si decirlo le partiera el corazón.
El viento sopló con fuerza, arrastrando copos de nieve que se arremolinaron a su alrededor. Y entonces, dos figuras envueltas en un resplandor etéreo pasaron junto a ellos, moviéndose como sombras entre la tormenta.
—¡¿Cómo es posible?! —susurró una de ellas.