Shin salió de la habitación de Keneth después de un largo día de investigación. El pasillo parecía alargarse frente a él, y por un momento, la niebla de la incertidumbre lo envolvió, pensó en sus viajes anteriores y todas las aventuras que ha vivido. La mirada de Shin, el miedo que había en sus ojos en esos viajes cuando recién empezó, la desesperación, todo eso se grabó en su memoria con fuerza.

No podía dejar que eso sucediera, no podía permitir que la historia se repitiera.

Una vez fuera de la habitación de Keneth, Shin se detuvo, respirando hondo para calmar su mente agitada. Sin embargo, el dolor seguía presente, punzante en su pecho, como una herida abierta que nunca terminaba de sanar. No sabía cuántos pasos había dado, ni cuánto tiempo había pasado, hasta que se encontró de nuevo en una de las terrazas del palacio, mirando al horizonte nevado. El viento frío le golpeaba la cara, pero no le importaba. La sensación de vacío lo invadió como una corriente gélida. Y ahí, en la terraza terminó por quebrarse lo último de cordura que tenia, su respiración era errática, las lágrimas no paraban de salir. En ese momento, escuchó el sonido suave de unos pasos acercándose, y un susurro de voz familiar.

Shin.

Vert, el pulpo rojo que había estado con él durante tanto tiempo, apareció a su lado, sus ojos grandes y desbordantes de esa ira habitual, aunque ahora su mirada estaba más calmada y preocupada. El pequeño pulpo parecía entender que algo no estaba bien, que había algo que estaba afectando profundamente a su compañero.

Shin no dijo nada, simplemente se quedó allí, con la vista fija en el pulpo, mientras la presión en su pecho aumentaba y las lágrimas no terminaban. La sensación de que algo se rompía dentro de él era insoportable, como si estuviera a punto de derraparse, de romperse por completo.

Vert, después de un momento de silencio, no pudo contenerse más.

¿Por qué te importa tanto el mocoso? —preguntó, su voz más suave de lo habitual, pero con una curiosidad genuina.

No era común que Vert mostrara preocupación, y menos para proveniente de Shin, pero había algo en la forma en que el viajero lo miraba, en el peso que llevaba sobre sus hombros, que lo impulsó a preguntar.

Shin, sin girarse, respiró profundo, sabiendo que en ese momento tenía que decir algo. Algo que había guardado por mucho tiempo, algo que no había compartido con nadie, ni con Saeu. No quería decirlo, pero la presión dentro de él no le daba tregua. No podía seguir ocultando lo que sentía.

Porque no quiero cometer el mismo error otra vez —dijo Shin, con una voz que temblaba ligeramente y sonaba quebrada, como si decir todo eso le costaran más de lo que esperaba—. Hace años… O quizás ayer, no hay un tiempo predefinido cuando viajas. Empezó cuando al viajar por estos mundos, me dieron una misión. Me asignaron el cuidado de un niño. Lo debía proteger, asegurármelo de que estuviera a salvo. Pero fallé. Fallé de la peor manera posible.

Vert lo miró en silencio, notando la gravedad de las palabras. Era extraño escuchar a Shin hablar con tal seriedad, sin sarcasmo, sin bromas. No era él. El pulpo se acercó un poco más, su presencia silenciosa pero constante.

¿Qué pasó? —preguntó Vert, con un tono que no era de reproche, sino de comprensión.

Shin apretó los dientes, luchando contra las emociones que amenazaban con desbordarse.

Era solo un niño... Tenía unos cinco años, tal vez. Lo había encontrado en un pequeño planeta, Príncipe también, sin nadie que lo cuidara porque sus padres tenían que atender al reino. Me asignaron esa misión porque, en ese momento, pensé que era capaz de hacerlo. Cuidé de él durante un tiempo, creí que todo iba bien, que lo había salvado de una vida solitaria y difícil. Pero no... el destino jugó en mi contra. Un día, mientras yo no estaba, el niño salió del palacio en tiempos de guerra. No sé cómo pasó, pero cuando lo encontré, ya era demasiado tarde. Murió, Vert. Y yo no pude hacer nada. No pude salvarlo. Desde entonces... desde entonces me siento responsable por su muerte. Es mi culpa.

Las palabras de Shin salieron atropelladas, como si se liberaran de un peso que había estado cargando demasiado tiempo. Su voz, normalmente llena de sarcasmo y confianza, ahora sonaba rota, vulnerable. Shin, que siempre tenía una sonrisa y se burlaba de todo, ahora mismo no podía hablar correctamente por las lágrimas que no dejaban de salir, por el nudo en la garganta que se formó al hablar de su pasado, su presente o futuro.

Por eso cuando Adelaide me pidió que cuidara a Keneth, no dudé. Pensé que sería mi segunda oportunidad. Mi forma de redimir lo que había hecho mal. Pensé que si lograba proteger a Keneth, si lo mantenía con vida, podría al menos remediar el daño que causé. Y ahora... ahora me doy cuenta de que no solo estoy protegiendo a un chico. Estoy intentando salvar a dos niños que solo quieren ser felices, Vert.

Vert se quedó quieto, procesando las palabras de Shin. No era un pulpo dado a los sentimientos, pero comprendía lo que su compañero estaba diciendo. Había visto lo suficiente como para saber que Shin, debajo de su fachada arrogante y desinteresada, cargaba con un sufrimiento profundo. El fracaso, la culpa, la tristeza... todo eso se había acumulado en su interior, afectando sus decisiones, su forma de ver las cosas.

Finalmente, Vert habló con una voz más baja y suave.