La ventisca era cada vez más intensa. La nieve crujía bajo sus pies mientras Keneth corría, con Shin siguiéndolo de cerca, aún con las heridas en su cuerpo. Sus respiraciones era irregulares, cada bocanada de aire quemaba sus pulmones, pero no se detuvieron. No podían.
—¡MIRAI! —su voz se perdió en el viento, desesperada, rota. Shin apretó los dientes. Si Mirai realmente estaba en Vintersol Frigard… el tiempo jugaba en su contra.
Después de lo que pareció una eternidad, entre la nieve espesa y la neblina helada, la vieron.
El corazón de Keneth se detuvo. Allí, en medio del blanco infinito, Mirai yacía en la nieve. Su cabello rojizo resaltaba contra el hielo, su piel pálida como si fuera parte del paisaje. Y junto a ella, encogido y tomando su mano, estaba Vert.
El pequeño pulpo miró a Shin con sus ojos oscuros y brillantes, sus tentáculos apenas moviéndose. Cuando lo vio, dejó escapar un débil jadeo antes de acurrucarse aún más contra el cuerpo inmóvil de Mirai. Keneth se arrodilló de golpe, ignorando todo lo demás.
—No… no, no, no… —susurró, con las manos temblorosas mientras tomaba el rostro de Mirai. Sus mejillas estaban heladas. Sus labios, azulados. Shin sintió un nudo en la garganta. Keneth presionó su oído contra su pecho, buscando, rogando por un latido. Nada. Un sollozo desgarrador escapó de su garganta. —No… Mirai, despierta… La sacudió con desesperación. —Por favor, ábreme los ojos… dime algo… ¡Finalmente estamos juntos! no te puedes morir así…
pero ella no respondió. Shin sintió que algo se quebraba dentro de él. Había visto demasiada muerte en su vida. Demasiadas despedidas. Pero esto… esto era distinto.
Vert se movió débilmente, acercándose más a Mirai, como si aún intentara darle calor. —No puede estar muerta… —susurró Keneth—. No puede… Pero la nieve no mentía. El frío no mentía. Mirai ya no respiraba.
Shin se quedó inmóvil. Miró el cuerpo inerte de Mirai, el temblor en los hombros de Keneth mientras la abrazaba, la nieve acumulándose lentamente sobre ellos. No podía moverse. No podía siquiera parpadear. Entonces sintió algo pequeño arrastrarse hasta su costado. Vert. El pulpo subió a su hombro con la última pizca de fuerza que le quedaba. Levantó la mirada hacia Shin, con esos ojos oscuros y serios que rara vez mostraban algo más que enojo o irritación. —Hiciste lo que pudiste, no te atormentes demasiado con esto.
Shin sintió una punzada en el pecho. No. No quería escuchar eso. No quería escuchar esas palabras otra vez. Porque en su mente, de repente, ya no estaba en Vintersol Frigard. Estaba en otro lugar. En otro tiempo.
Vio un callejón oscuro, escuchó la lluvia golpeando el suelo. Sintió el peso de un cuerpo pequeño entre sus brazos, la piel fría, los labios entreabiertos. La sangre.
Y recordó. Recordó que, aquella vez, tampoco llegó a tiempo. —No… —susurró. Su garganta se sentía seca. Su cuerpo, vacío. Detrás de él, Ambos dioses intercambiaron una mirada. Suspiraron. —Shimizu Shin.. La voz del mayor era firme, inquebrantable. —Tu misión aquí ha terminado. El hielo crujió bajo sus pies cuando la pequeña avanzó un paso. —Ya no hay nada más para ti en este mundo. Shin cerró los ojos. No había enojo en su rostro, ni desafío. Solo… un cansancio infinito.
—Así que puedo irme, ¿eh? —su voz sonaba hueca. —Sí. Shin soltó una risa sin humor. —Qué conveniente. Vert se quedó en su hombro, sin moverse. Keneth no reaccionó. La ventisca siguió rugiendo. Y Shin, por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer. La pequeña divinidad miró a ambos jóvenes en el suelo, uno totalmente devastado y la otra… Seguramente en un mejor lugar. Decidió acercarse.
Keneth no reaccionó cuando la pequeña rubia se acercó. Sus ojos seguían fijos en el rostro de Mirai, en la curva suave de sus pestañas, en los mechones de cabello rojo que el viento seguía moviendo como si aún respirara. Ni siquiera cuando ella se inclinó y la tomó en sus brazos. Pero entonces, ocurrió. El cuerpo de Mirai comenzó a desvanecerse. Primero su piel, luego su cabello, luego cada pequeño rastro de su existencia, deshaciéndose en destellos de luz que flotaron por el aire antes de reunirse en un solo punto. Y cuando la última partícula desapareció, la divinidad de cabellos dorados extendió su mano hacia Keneth. Sobre su palma descansaba una piedra preciosa. Un cristal traslúcido, pálido, con un tenue brillo rojizo en su interior. Keneth la tomó con manos temblorosas. Y entonces lloró. Pero cuando giró la cabeza, buscando a Shin en su desesperación, lo vio. Vio al dios de cabellos morados alzar una mano, formando un portal en el aire. Vio la energía retorcerse y brillar, abriendo un camino a otro mundo. Y vio a Shin, mirándolo con el rostro sombrío. —Shin… —susurró. Pero Shin no dijo nada. Keneth apretó la piedra contra su pecho y, con la voz rota, gritó: —¿Vas a dejarme aquí? El viento arrastró su grito, pero Shin lo sintió clavarse en su piel como una herida abierta. —¿Todo esto no significó nada para ti? Shin bajó la mirada. —No digas eso pequeño Keny… —¡Entonces quédate! —Keneth apretó los puños—. No me dejes solo… No ahora. No después de esto… El portal brilló con más intensidad. Shin sintió su corazón latir con fuerza. Y, por primera vez en mucho tiempo, dudó.
El mayor avanzó lentamente hacia Keneth, sus ojos profundos y serenos, pero con un peso innegable en su mirada. —Tienes dos caminos frente a ti, Keneth Wallace. Keneth respiró con dificultad, aún sosteniendo la piedra contra su pecho. —Puedes aferrarte a él, pedirle que se quede, exigir su compañía sin importar lo que eso signifique para él… —la voz de era firme, pero no dura—. O puedes dejarlo ir, aunque duela. Porque a veces, amar a alguien significa permitirle seguir su camino. Por más que quieras a alguien, no puedes ser egoísta y obligarlo a quedarse.
Keneth sintió un nudo en la garganta. ¿Cómo se suponía que debía elegir? Si dejaba ir a Shin, se quedaría completamente solo. Mirai ya no estaba. Su única certeza, su único refugio en el frío infinito, desaparecería con ese portal.
Pero… ¿qué derecho tenía a detenerlo? Shin ya había hecho demasiado. Demasiado por él. Demasiado por Mirai. Demasiado por un mundo que ni siquiera era suyo. Su mente estaba atrapada en un torbellino de pensamientos cuando sintió algo cálido sobre su mano. Shin. El mayor había dado un paso adelante, tomando con suavidad la mano que sostenía la piedra preciosa. Sus dedos eran firmes, pero su toque, cuidadoso. Keneth lo miró, con los ojos enrojecidos, y Shin le sonrió. No con burla. No con su usual descaro. Era una sonrisa melancólica, llena de culpa. —Lo siento, pequeño Keny. La voz de Shin fue apenas un susurro. —Lo intenté, de verdad… Pero no pude salvarlos a los dos. Keneth sintió que las lágrimas amenazaban con caer otra vez. —Mi misión aquí terminó. —Shin apretó su mano con suavidad—. Y tengo que irme. El dolor se apretó en el pecho de Keneth como una garra. No. No podía aceptar eso. No podía quedarse solo otra vez. Así que, antes de que pudiera detenerse, antes de que su propia mente pudiera decirle que estaba siendo egoísta, alzó la mirada y le rogó: —Entonces… llévame contigo. Shin parpadeó. Keneth apretó los labios, tragando el nudo en su garganta. —No me dejes aquí. Llévame a donde sea que vayas. Shin no respondió de inmediato. Solo lo miró, con un brillo indescifrable en los ojos. Y en el fondo, Keneth supo que la verdadera decisión no era suya. Era de Shin.